El concepto de `concepto´ constituye uno de los problemas centrales
en la teoría psicológica. Al hablar del concepto de
`concepto´, al igual que en casos como el del significado de
`significado´ o la definición de `definición´,
se ilustra una propiedad exclusiva del lenguaje como proceso humano:
su reflexividad. La reflexividad del lenguaje es semejante a las imágenes
que puede reflejar un objeto sobre distintos espejos simultáneamente.
Sin embargo, a diferencia de la reflexión óptica entre
espejos, en la reflexión lingüística el proceso
tiene lugar mediante palabras y expresiones adicionales, distintas
a la palabra original sobre la que tiene lugar la reflexión.
La reflexividad no tiene que ver con un simple juego de palabras.
Constituye la propiedad definitoria del lenguaje como proceso: la
posibilidad del fenómeno de desdoblarse sobre si mismo en la
medida en que sus componentes morfológicos, las palabras y
expresiones, tienen una triple funcionalidad. Las palabras, por una
parte, se relacionan, describen y narran objetos, propiedades y acontecimientos.
Son instrumentos para clasificar y hablar acerca del mundo físico,
por decirlo de alguna manera. Por otra parte, las palabras y expresiones
constituyen una forma de hacer social, y son el medio de interrelación
por excelencia entre personas. Finalmente, las palabras, pueden abstraerse
de las condiciones particulares en que se usan y tienen sentido respecto
de las cosas y de las personas, y operar directamente sobre otras
palabras y las circunstancias y criterios de su uso y aplicación
(Ryle, 1971).
Esta
última función, operar lingüísticamente
sobre las propias palabras y expresiones, ubica a la abstracción
como la dimensión que posibilita el teorizar como práctica
humana. Sin teorización no tendría lugar la reflexividad.
Teorización y reflexividad van indisolublemente unidas. Aristóteles
(1978, traducción castellana), al caracterizar al alma intelectiva
como el lugar de las formas, argumentaba sobre el lenguaje como potencia
y acción desligable del cuerpo en tanto abstracción
y producto de ella (el lenguaje escrito):
Así pues, el denominado intelecto del alma –me
refiero al intelecto con que el alma razona y enjuicia- no es
en acto ninguno de los entes ante de inteligir…dicen bien
los que dicen que el alma es el lugar de las formas, si exceptuamos
que no lo es toda ella, sino sólo la intelectiva y que
no es las formas en acto, sino en potencia…la facultad sensible
no se da sin el cuerpo, mientras que el intelecto es separable.
Y cuando este ha llegado a ser cada uno de sus objetos a la manera
en que se ha dicho que lo es el sabio en acto –lo que sucede
cuando es capaz de actualizarse por sí mismo-, incluso
entonces se encuentra en cierto modo en potencia, si bien no del
mismo modo que antes de haber aprendido o investigado: el intelecto
es capaz también entonces de inteligirse a si mismo. (p.
230-231)
A diferencia de las formas de interacción comprendidas por
las almas nutritiva y sensible, que no pueden actualizarse sobre si
mismas, el alma intelectiva sí puede hacerlo. El ojo o la visión
no pueden verse a si mismos, de igual modo que un nutriente no puede
nutrirse a si mismo o el movimiento moverse a si mismo (1).
En cambio, el lenguaje, como conjunto de formas sin substancia, puede
actualizarse sobre si mismo, y lo puede hacer justamente porque es
separable en principio de la corporeidad de aquel que hablando, leyendo,
o escribiendo reflexiona sobre lo que habla, lee o escribe y de aquello
sobre lo que se habla, lee o escribe. Esta separabilidad del inteligir
como lenguaje respecto del cuerpo del que intelige y del cuerpo sobre
el que se intelige, es lo que hemos denominado desligamiento funcional
de la conducta lingüística (Ribes y López, 1985).
Las palabras, componentes elementales del lenguaje (véase la
analogía de Wittgenstein, [1953] del lenguaje como una caja
de herramientas), no son entidades abstractas en si mismas. Lo son
en términos del criterio que satisface su uso. Una palabra
puede ser o no usada de manera abstracta. De esta manera, la palabra
`perro´ puede ser empleada para nombrar al perro de la casa,
o bien puede utilizarse para ejemplificar una especie de la familia
de los cánidos. Una palabra constituye o puede equipararse
con un concepto solamente cuando se emplea de manera no individualizada
o particularizada. Un concepto no se refiere a un tipo especial de
palabra, sino a la función de una palabra (Ryle, 1964). La
función de la palabra es condicional a su ámbito y criterio
de uso, es decir, no puede desvincularse de la situación ni
del contexto lingüístico (incluyendo al lector o escucha)
en que la palabra ocurre como parte o elemento de una frase o expresión.
Las palabras aisladas carecen de función y, por consiguiente,
de significado y/o sentido (Austin, 1961). Las palabras solamente
tienen una función en el contexto de una expresión o
de un acto. Las palabras como componentes de expresiones y actos son
identificables en el ámbito de pertinencia a categorías
y conceptos. La pertinencia al ámbito de una categoría
y concepto no se identifica a partir de la ocurrencia o no de una
palabra, sino que tiene ver con la actividad realizada como ajuste
a un criterio. Aunque el concepto se expresa como palabra, no se restringe
a la palabra. Cuando se habla o se hace algo apropiado en el contexto
de un acto, el ajuste de las expresiones y actividades a los límites
y contornos funcionales de un criterio de pertinencia en la situación
(las categorías), ejemplifican la “adquisición”,
“posesión” o “uso” de un concepto.
(1)
Este principio de no reflexividad para todas las actualizaciones,
excepto las del alma intelectiva, Aristóteles lo aplica al
origen de todo movimiento, el motor inmóvil. Solo lo inmóvil
puede generar el movimiento, pues de otro modo se daría una
regresión al infinito respecto de la génesis del primer
movimiento. VOLVER
REFERENCIAS:
-
Aristóteles (1978, traducción castellana). Acerca
del alma. Madrid: Gredos.
-
Austin J. L. (1961). Philosophical papers. Oxford: Oxford University
Press.
-
Ribes E. y López V. F. (1985). Teoría de la conducta:
Un análisis de campo y paramétrico. México:
Trillas.
-
Ryle G. (1964). Ordinary language. En V. C. Chapell (Ed.). Ordinary
language. New York: Dover
-
Ryle G. (1971). Collected papers Vol II. Londres: Hutchinson.
-
Wittgenstein L. (1953). Philosophical investigations. Oxford: Basil
& Blackwell.
COMENTARIOS O PREGUNTAS RELACIONADAS CON ESTE ARTÍCULO
Comentarios: Soy un doctor novel (59 años) que en setiembre pasado obtuve dicho grado en la U. Deusto con el tema "Diseño de currículos de formación a partir de tareas y por competencias" .
En esta tesis había definido la competencia con un "estilo de trabajo que da buenos resultados, de conformidad con los elementos y criterios contenidos en una norma".
Al leer su teoría de los estilos interactivos tengo duda del valor de mi definición y, tras haber leído este otro artículo, aún más.¿Estaría interesado usted en darme alguna contestación o indicarme algunos textos para que pueda profundizar en mi investigación sobre el"concepto" al que me he referido?
Respuesta: (Julio Varela)
No te preocupes, la duda que tienes respecto a la definición de competencia la he oído y leído muchísimas veces. Cada autor tiene su definición y esto se debe a que dicha "educación basada en competencias" NO es una iniciativa que haya emergido de la educación, ni de un ámbito académico. La iniciativa viene del sector empresarial.
El caso de la "administración por objetivos" fue exactamente el mismo. Sólo que en ese entonces estaba "de moda" el conductismo y como era afín a dicho planteamiento, pues todos los educadores se dedicaron a elaborar "programas por objetivos".
Desde hace más de una década, el sector empresarial no estaba contento con dicha administración por objetivos y como alternativa surgió la "administración por competencias". Sólo que la tarea de definir y estructurar qué es una competencia se la relegaron al sector educativo. Como ahora está de moda el constructivismo, éste es el ropaje teórico que se le da a la "proposición"-demanda que además apunta a la globalización y su programa favorito: la movilización de los estudiantes a lo largo de todo el mundo. En general, ésa es la estrategia de los países primermundistas para generar nuevos mercados ya que todos los que no viven en esos países quieren ir al primer mundo. Y claro, lo podrán hacer pero como estudiantes-visitantes, no como emigrantes.
Bueno, me aparte del tema pero es que realmente es una pena ver y sufrir tantos seminarios, juntas, proyectos, memoranda, amenazas, exhortos y largos discursos oficiales de las autoridades declarando que ahora sí, con la educación basada en competencias, "se hace responsable al estudiante de su propio aprovechamiento". ¡Caray! Si se analiza un poco dicha "argumentación" es para sospechar de dicha iniciativa en la que están metidas no sólo las universidades sino las escuelas de todos los niveles.
Precisamente la Universidad de Deusto junto con la de Gronigen coordinó hace poco un estudio sobre las competencias más valoradas en el ámbito LABORAL. Lo que se ha llamado el proceso de Bolonia y el Proyecto Tuning son dos elementos centrales para la justificación de la educación basada en competencias.
Ahora bien, desde los inicios de los 80 del siglo pasado, Ribes y López -basados en el interconductismo de J. R. Kantor- emplearon el término de competencia simplemente como la refiere el diccionario en la acepción de: hacer algo con eficacia. La eficacia estaría considerada bajo la existencia de criterios que permitan clasificar la actividad como competente o no.
Como verás, el empleo del término competencia es sólo una COINCIDENCIA (relacionada obviamente por su significado) pero el origen es totalmente diferente. Uno es empresarial de los 90 y el otro es psicológico de los 80.
Si deseas una descripción un poco más extensa puedes revisar la sección de "competencia" en el libro "Conceptos básicos del Interconductismo" mismo que puedes bajar gratuitamente desde la página de ConTextos.