|
COMPORTAMIENTO(1)

Antonio
Fernández Parra 
Posiblemente, la definición
más conocida y clásica sea la realizada por Watson
(1924) según la cual la conducta es lo que el organismo hace
o dice, incluyendo bajo esta denominación tanto la actividad
externa como la interna, de acuerdo con su propia terminología.
Moverse es una conducta, pero también lo es hablar, pensar
o emocionarse. El concepto de comportamiento de Watson ha sido recogido
y asumido en numerosas ocasiones por quienes posteriormente han
intentado definirla, aunque no siempre ha sido correctamente entendido.
En contra de lo que se ha afirmado en numerosas ocasiones Watson
no reducía el comportamiento únicamente a la actividad
motora o movimientos, sino que admitía también la
existencia de otros tipos de actividad del organismo, como la emocional.
Además, consideraba que la actividad interna o implícita,
como también la denominaba, era conducta, por lo que dedicó
varios capítulos de su libro Behaviorism al pensamiento y
la emoción. Mira y López (1961), en el prólogo
de la edición en español de ese libro, ya indicaba
que Watson incluye en el objeto de estudio de la psicología
fenómenos que habitualmente se consideran parte de la "vida
mental íntima" de la persona. Por tanto, la conceptuación
conductista del comportamiento realizada por Watson no era tan particular
o restrictiva como algunos autores han afirmado (ver p.ej.: Ajuriaguerra,
1977; Sánchez y Valls, 1991; Widlöcher, 1986).
En consonancia con esta definición se puede considerar comportamiento
toda actividad que realiza un organismo siempre que ocurra en el
mundo físico (Bayés, 1978). En este sentido, el comportamiento
sería tanto la actividad observable como la no observable,
ya se le denomine pensamiento, percepción, imaginación,
emoción, o incluso cognición (ver p.ej.: Ardila, 1988,
1991; Catania, 1974, 1984; Maher, 1970; Neuringer, 1991; Ribes,
1980; Richelle, 1990; Skinner, 1974; Wolpe, 1993). Como señala
Bayés (1978), ciertamente el estudio científico del
comportamiento conlleva la necesidad de poder definir el fenómeno
que se está estudiando de la forma más objetiva posible,
y que éste pueda ser observado, registrado o medido de alguna
forma. Esta necesidad metodológica ha conducido, en algunos
casos, a establecer una relación entre la posibilidad de
observación pública de un hecho y su objetividad.
Este es el caso del conductismo metodológico, y del positivismo
lógico, que consideran sólo los hechos observables,
negando o prescindiendo de todo aquello que no sea objetivo (entiéndase
observable). De esta forma se delimita lo psicológico a partir
del método, y no de el objeto (Ribes, 1991). Sin embargo,
los requisitos metodológicos para el estudio científico
de un fenómeno no deben confundirnos a la hora de definirlo.
Sería ingenuo y desacertado negar la existencia de parte
del comportamiento humano por lo difícil que resulta acceder
a él y observarlo (Maher, 1970). Como ha señalado
Skinner (1974), descuidarlo porque no es "objetivo" simplemente
es un error. El acuerdo entre observadores no puede convertirse
en la clave para admitir la existencia de un fenómeno. El
comportamiento es objetivo en tanto que realmente ocurre, independientemente
de su verificación pública (Ribes, 1980). Esto supone
rechazar aquellas definiciones restrictivas que consideran conducta
sólo la actividad motora observable del individuo.
Esta definición de comportamiento no está, sin embargo,
exenta de problemas. En concreto, al definir la conducta como la
actividad de un organismo surgen dudas que es necesario dilucidar:
la actividad electrodermal o gástrica, la respiración,
la tos, el sueño, que sin duda son actividades del organismo
¿son conducta? Desde un punto de vista psicológico
¿ha de considerarse conducta todo lo que un organismo hace?
¿Donde está la barrera entre lo psicológico
y lo biológico? .
La delimitación de lo psicológico respecto a lo biológico
no constituye una empresa fácil, y en el contexto de la psicología
anormal y clínica resulta aún más problemática
como consecuencia de toda una serie de prejuicios somaticistas que
todavía perduran en estas disciplinas. Ciertamente, cualquier
evento del organismo es por definición material o físico
(Ribes, 1991). Todo comportamiento implica actividad biológica
en cuanto que es actividad ejecutada por un organismo biológico
(Kantor, 1967). Toda conducta es a la vez psicológica y orgánica.
Esto no significa, sin embargo, que debamos considerar que toda
actividad biológica es conducta, en el sentido psicológico
del término, ni que la conducta sea reductible a fenómenos
fisiológicos o movimientos (Ardila, 1988; Ribes, 1980; Richelle,
1990). Es decir, que el nivel de análisis propio de la psicología
no es el biológico. El estudio del comportamiento requiere
su propio nivel de análisis (Kantor, 1967). En relación
con la psicología anormal, Maher (1970) intentó solventar
este problema señalando que en sí misma la actividad
orgánica de los sistemas biológicos no es de interés
para el psicopatólogo, salvo cuando está relacionada
con la conducta anormal o determinada por factores psicológicos.
Siendo cierto, el argumento de Maher no resuelve el conflicto ya
que el comportamiento anormal y los factores psicológicos
son también actividades del organismo y, como tales, actividad
de los sistemas biológicos. A pesar de todo, Maher parece
indicar que el funcionamiento aislado de los distintos sistemas
del cuerpo humano, como proceso biológico, no puede considerarse
conducta, salvo cuando se relaciona con otros fenómenos no
biológicos.
Desde una perspectiva teórica diferente, Szasz (1961) diferenciaba
entre movimientos, que en cuanto tales son sólo hechos biológicos,
y los movimientos que, en cuanto signos o acciones portadoras de
un mensaje o significado, son parte de la ciencia de la conducta.
De forma similar, Castilla del Pino (1979) ha abordado el asunto
diferenciando entre actos aconductuales y conductuales. Para él
los actos conductuales son actos con sentido -significado, propósito,
intencionalidad, o significación-, mientras que los aconductuales
sólo tienen significado en cuanto que hacen referencia a
un estado del organismo. Los análisis de Szasz y de Castilla
del Pino, aunque interesantes, no dejan de presentar también
problemas. La utilización de términos del lenguaje
cotidiano con una fuerte carga teleológica (p.ej.: como propósito
o intencionalidad), o que inducen a considerar al comportamiento
como un signo o señal de otra cosa, pueden resultar muy problemáticos.
Este tipo de distinciones entre la conducta y la actividad biológica
sólo son útiles en la medida que podamos definir,
a su vez, lo que entendemos por propósito, intencionalidad
o significado, y que esa definición sea pertinente en el
nivel de análisis en el que nos encontramos. Desafortunadamente,
la ambigüedad con la que se suelen utilizar esos conceptos
dificulta una mayor profundización. Pese a todo, la distinción
entre actividad del organismo, que puede ser psicológica
o conductual, y el estado del organismo, que no lo es, resulta sin
duda interesante. En este sentido otros autores se han manifestado
excluyendo del ámbito del comportamiento todos los estados
del organismo (p.ej.: Johnston y Pennypacker, 1980).
También se ha considerado que la conducta no es sólo
la acción del organismo, sino la interacción o relación
interdependiente de un organismo con su medio (ver: Hayes y Hayes,
1990; Kantor, 1967; Ribes, 1980, 1982, 1990; Richelle, 1990), entendiendo
que el medio incluye tanto al propio organismo como al entorno físico
y social. La distinción entre organismo y medio no se establece
desde un punto de vista físico sino funcional. Desde este
punto de vista se abandona la noción organocéntrica
del comportamiento implícita en otras definiciones, y se
le considera como un fenómeno interactivo que no queda limitado
a la actividad del organismo sino que incluye todo el sistema organismo-medio.
De esta forma, el comportamiento no puede ser definido únicamente
en función de la respuesta o actividad del sujeto sino que
también debe ser considerado el contexto medioambiental en
el que se produce (Hayes y Hayes, 1990; Johnston y Pennypacker,
1980; Öhman, 1981; Ribes, 1982, 1990; Sidman, 1990a; Skinner,
1938, 1957). La actividad del organismo, o respuesta, es sólo
un componente de la interacción, pero no la interacción
que incluye también al contexto (Ribes, 1990). Como fenómeno
psicológico, la actividad del organismo es inseparable de
los eventos del medio con los que se relaciona (Bijou y Baer, 1969;
Moore, 1984; Morris, 1984; Ribes y López, 1985). Por otra
parte, la actividad exclusivamente biológica es reactiva
y consiste en acciones de estructuras particulares, células
específicas o de su organización (Kantor, 1967). Se
caracteriza por estar ligada a condiciones fisicoquímicas
específicas con las que se relaciona de forma invariante
(Ribes, 1990). Por el contrario, el comportamiento "psicológico",
o relación que se establece entre el organismo y el medio,
es variable, y se construye a partir de la experiencia del individuo.
Siguiendo a Ribes (1990), "lo psicológico se construye
como experiencia a partir de lo dado, lo innato: lo biológico"
(pág. 92). En esta misma línea, aunque partiendo de
planteamientos algo diferentes, señala Ardila (1988) que
el comportamiento o acción es algo más que movimientos,
son movimientos organizados o integrados a partir del aprendizaje.
Por esta razón, la misma actividad biológica puede
formar parte de comportamientos diferentes en la medida que esté
relacionada con situaciones o contextos distintos. En resumen, se
excluye del ámbito de lo psicológico toda actividad
invariante y exclusivamente reactiva a factores fisicoquímicos,
así como los estados del organismo biológico, y se
niega la posibilidad de reducir todo el comportamiento a hechos
exclusivamente biológicos. Al mismo tiempo, se considera
que el comportamiento se construye, a través de la experiencia,
a lo largo de la vida del individuo.
En algunos aspectos estos planteamientos tienen indudables semejanzas
con los de otros autores que, partiendo de posiciones teóricas
muy distantes, han llegado a algunas conclusiones semejantes. De
hecho, la definición del comportamiento como interacción
no es exclusiva de autores cercanos a las filosofías que
representan el interconductismo o el conductismo radical. Así,
Castilla del Pino (1979, 1988) ha argumentado que la conducta es
siempre el acto de un sujeto en relación con la realidad,
es un acto relacional que no puede definirse fuera del contexto
en el que se lleva a cabo. Poch (1989), por otra parte, señala
que la conducta sólo puede comprenderse en función
al campo o contexto en el que se produce. Parece que estos argumentos
defienden también el carácter contextual e interactivo
del comportamiento, al que consideran como algo más complejo
que la mera actividad biológica sobre la que se sustenta.
En
cualquier caso, el comportamiento es un fenómeno bastante
más complejo de lo que en algunas ocasiones se ha reconocido.
Aunque el debate sobre la definición del comportamiento como
objeto de estudio de la psicología, y de todas las disciplinas
relacionadas con ella, no está cerrado, sí parece
que en la actualidad pueden extraerse algunas conclusiones. Primero,
debe considerarse como comportamiento todo lo que el individuo hace
o dice, independientemente de que sea o no observable. Segundo,
aunque todo comportamiento implica necesariamente actividad biológica
del organismo, no es reductible a dicha actividad biológica.
Tercero, los estados biológicos del organismo y la actividad
reactiva propia de sus células o sistemas, no deben considerarse
como un fenómeno psicológico. Cuarto, el comportamiento
implica siempre la actividad del individuo en relación con
el medio (que puede ser el propio organismo o el entorno físico
o social), por lo que no puede definirse ni comprenderse si se reduce
exclusivamente a la actividad o respuesta del organismo. Y quinto,
la relación que se establece entre la actividad del organismo
y su medio es variable..
REFERENCIAS
- Ajuriaguerra, J.
de (1977) Manual de psiquiatría infantil. 4ª Edición.
Barcelona: Toray-Masson.
- Ardila, R. (1988)
Síntesis experimental del comportamiento. Madrid: Alhambra.
- Ardila, R. (1991)
Relaciones entre el análisis y la síntesis experimental
del comportamiento. Apuntes de Psicología, 33, 143-146.
- Bayés, R.
(1978) Una introducción al método científico
en psicología. 2ª Edición. Barcelona: Fontanella.
- Bijou, S.W., y
Baer, D.M. (1969) Psicología del desarrollo infantil. Teoría
empírica y sistemática de la conducta. México:
Trillas. (Original publicado en 1961).
- Castilla del Pino,
C. (1979) Introducción a la psiquiatría 1. Problemas
generales. Psico(pato)logía. Madrid: Alianza Editorial.
- Castilla del Pino,
C. (1988) Psicosis, psicótico. Revista de Occidente, 88,
5-18.
Hayes, S.C., y Hayes, L. (1990) The "it" that is steady
in steady states. The Behavior Analyst, 13, 177-178.
- Johnston, J.M.,
y Pennypacker, H.S. (1980) Strategies and tactics of human behavioral
research. Hillsdale, N.J.: LEA.
- Kantor, J.R. (1967)
Interbehavioral psychology. 2ª Edición. Gainesville,
Ohio: The Principia Press. (Traducción en Trillas, México,
1978).
- Maher, B. (1970)
Principios de psicopatología. Un enfoque experimental.
México: McGraw-Hill. (Original publicado en 1966).
- Mira y López,
E. (1961) Prólogo a la primera edición castellana.
En J.B. Watson (Ed.) El conductismo (págs. 13-15). Buenos
Aires: Paidós.
- Moore, J. (1984)
Conceptual contributions of Kantor's interbehavioral psychology.
The Behavior Analyst, 7, 183-187.
- Morris, E.K. (1984)
Interbehavioral psychology and radical behaviorism: some similarities
and differences. The Behavior Analyst, 7, 197-204.
- Neuringer, A.
(1991) Humble behaviorism. The Behavior Analyst, 14, 1-13.
- Öhman, A.
(1981) The role of experimental psychology in the scientific analysis
of psychopathology. International Journal of Psychology, 16, 299-321.
- Poch, J. (1989)
Psicología dinámica. Barcelona: Herder.
- Ribes, E. (1980)
Teoría de la conducta. En E. Ribes, C. Fernández,
M. Rueda, M. Talento, y F. López (Eds.) Enseñanza,
ejercicio e investigación de la psicología (págs.
165-235). México: Trillas.
- Ribes, E. (1982)
El conductismo: reflexiones críticas. Barcelona: Fontanella.
- Ribes, E. (1990)
Psicología general. México: Trillas.
- Ribes, E. (1991)
Skinner y la psicología: lo que hizo, lo que no hizo y
lo que nos corresponde hacer. Apuntes de Psicología, 33,
147-174.
- Ribes, E., y López,
F. (1985) Teoría de la conducta. Un análisis de
campo y paramétrico. México: Trillas.
- Richelle, M.N.
(1990) Behaviour, past and future. En D.E. Blackman y H. Lejeune
(Eds.) Behavior analysis in theory and practice. Contributions
and controversies (págs. 292-299). Hove: LEA.
Sánchez, V., y Valls, J.M. (1991) La concepción
psicológica en Castilla del Pino. Anthropos, 121, 55-57.
- Sidman, M. (1990)
Tactics: in reply. The Behavior Analyst, 13, 187-197.
- Skinner, B.F.
(1974) About behaviorism. Nueva York: Alfred A. Knopf. (Traducción
en Fontanella: Barcelona, 1975).
- Szasz, T.S. (1961)
The myth of mental illness: foundations of a theory of personal
conduct. Nueva York: Harper & Row. (Traducción en Amorrortu
Editores: Buenos Aires, 1973).
- Watson, J.B. (1924)
Behaviorism. Nueva York: W.W. Norton. (Traducción en Paidós,
Buenos Aires, 1961).
- Widlöcher,
D. (1986) Prefacio. En D. Marcelli y A. Braconnier (Eds.) Manual
de psicopatología del adolescente (págs. VII-IX).
Barcelona: Masson.
- Wolpe, J. (1993)
Práctica de la terapia de la conducta. 3ª Edición.
México: Trillas.
(1)
Adaptación
realizada por el propio autor del texto incluido en las páginas
43 a 47 del libro:
Fernández
Parra, A. (1997) Trastornos del Comportamiento en la Infancia..
Fundamentos teóricos y prácticos. Granada: Grupo Editorial
Universitario.
PREGUNTAS FORMULADS
EN RELACIÓN CON ESTE ARTÍCULO:
Pregunta:
Creo que utilizar el termino "Comportamiento"
de manera indistinta a "Conducta" es un error grave, y
más aun en un articulo que utilice como referencia a Ribes.
Respuesta:
(Antonio Fernández Parra)
El autor del artículo conoce la distinción que psicólogos
de habla hispana proponen entre los términos comportamiento
y conducta, aprovechando la curiosa circunstancia de que en español
el término "behavior" puede ser traducido de las
dos maneras. En la literatura psicológica generada en España
muy pocos autores han reconocido esta distinción otra cosa
que una curiosidad, en el peor de los casos, o una realidad propia
de dos idiomas con sus singularidades, en el mejor. Pero son muy
escasas las discusiones al respecto.
Respecto a la utilización
de referencias de Ribes, estas sólo atañen a aquellos
puntos y aspectos en los que el autor es citado. El trabajo no pretende
ser un exposición de los planteamientos de Ribes, ni el autor
se considera de acuerdo en todos los análisis, propuestas
o escritos de Ribes.
Anotar por último
que el propio Ribes no parece haber hecho de los términos
conducta-comportamiento, sus semejanzas y diferencias, un elemento
esencial de sus trabajos. En su complejo pero muy interesante libro
Teoría de la Conducta. Un análisis de campo y paramétrico,
pese a utilizar de forma generalizada el término conducta,
utiliza en numerosas ocasiones, a veces dentro del mismo párrafo,
el de comportamiento. Y esta no es una excepción en su obra.
|