El
conductismo es probablemente, con el principio de indeterminación
de Heinsemberg y la teoría del caos, uno de los tópicos
sobre los que pesan el mayor número de malentendidos. El
propio Skinner elaboró en su tiempo un largo listado de ellos,
así como su réplica pertinente; pero, como lo dice
el re-frán popular, "no hay peor sordo que el que no
quiere escuchar", y buen número de ellos sigue circulando
de generación en generación, resistiendo a todo esfuerzo
de enderezamiento ("mala hierba nunca muere", para seguir
con el refranero).
Vamos pues a probar un nuevo ángulo de ataque: la analogía.
Digamos cosas ya dichas (y seguramente mejor dichas) por otros desde
hace tiempo, pero usando (y, dirán algunos -quizás
no sin razón- abusando) del viejo recurso de la metáfora,
con todas las imprecisiones que ello supone, para intentar obtener
el máximo efecto pedagógico posible. Esperamos así
contribuir (quizás) a deshacer algunos de estos tenaces malentendidos.
Permítanme, para ello, que empiece hablando de astronomía.
Si pidiésemos
a la primera persona que nos encontramos que nos describiese lo
que se puede ver en el cielo, probablemente nos respondiera: "el
Sol, la Luna y las estrellas". En efecto, aparentemente, éstas
son las tres categorías de objetos celestes sobre los cuales
todo el mundo estaría de acuerdo. Sin embargo, esta categorización
es completamente errónea. En primer lugar, el Sol no es una
categoría en sí, puesto que no es más que una
estrella (matinal, cierto; pero estrella al fin y al cabo); por
otro lado, entre lo que llamamos "estrellas" hay, evidentemente,
estrellas, pero también, planetas (Venus, Marte, etc.). Y
también podríamos recordar que la Luna no es más
que un satélite que gira alrededor de un planeta, los planetas
siendo, de alguna forma, los satélites del sol, que es una
estrella como las demás. Estrellas y satélites podrían
por tanto, en ultima instancia, bastar para categorizar lo que vemos
en el cielo si se considerase la Luna como el satélite de
un satélite.
En resumen, la simple
categorización en tres elementos iniciales esconde una realidad
muy diferente, no directamente accesible a las apariencias, y que
pide una conceptualización del universo mucho más
elaborada (y adecuada) que la generada por las simples apariencias.
Señalemos de paso que el hecho de saber que el Sol es una
estrella no nos impide verlo como lo ven las personas que no lo
saben; lo que ha cambiado no es la percepción sensorial del
objeto, sino su conceptualización.
El ejemplo precedente
constituye una ilustración, más o menos conseguida,
de lo que se llama el error categorial, es decir, un proceso erróneo
de atribución de un elemento a una categoría. Este
fenómeno es usual, no solamente en la vida cotidiana, sino
también en las ciencias jóvenes, en un momento de
su evolución en el que se encuentran todavía prisioneras
de las apariencias, de las teorías del "sentido común"
y en el que las conceptualizaciones más elaboradas no han
sido aún generadas.
Este es el caso de
la psicología, y el concepto mismo de conducta es un arquetipo
de ello (el concepto de "mente" constituye igualmente
un ejemplo paradigmático; pero, de momento, nos vamos a centrar
sobre la conducta).
En efecto, la idea
que la gente se hace en general de la conducta es tan errónea
como la que consiste en crear una categoría específica
para el sol cuando éste pertenece a la categoría de
las estrellas.
La concepción
tradicional supone que la conducta está constituida por el
movimiento visible de un ser vivo o de una de sus partes. Así,
saltar una valla es una conducta, de la misma manera que presionar
un botón o conducir un coche. Pero, ¿realizar un cálculo
"mental" [(7 x 8) - 6] ¸ 1/2 = ?), ¿es una
con-ducta? La respuesta tradicional es, naturalmente, no. La conducta
será el anuncio del resultado (100), pero no el proceso "mental"
que nos ha permitido encontrar este resultado.
Desde esta óptica,
la conducta es el último eslabón de un proceso iniciado,
cierto, por un estímulo (la pregunta) pero cuya parte esencial
se sitúa a nivel interno, "mental". Si una escuela
psicológica, como el conductismo, declara tener como único
objeto de estudio la conducta, parece pues que se descali-fica por
sí misma, puesto que, en la medida en que no se interesa
más que en el resultado, es decir, en el último eslabón
de la cadena, niega la parte más importante, es decir, los
procesos "mentales" que han supuestamente permitido enunciar
esta respuesta y sin los cuales la respuesta jamás hubiese
sido posible. Se dice pues del conductismo que constituye un enfoque
basado en el modelo de "caja negra".
En efecto, en la
medida en que el conductismo, según se pretende, sólo
se interesa en los estímulos y las respuestas (el célebre
esquema SÞR), no tiene más solución que, o bien
negar la existencia de los procesos "mentales" que se
sitúan entre los dos (lo que sería un caso de deshonestidad
intelectual, ya que cualquiera puede constatar fácilmente
que antes de dar la respuesta ha necesitado un cierto tiempo durante
el cual ha realizado este cálculo "mental", tiempo
proporcional a la dificultad de la operación), o bien meter
dichos procesos entre paréntesis afirmando que, puesto que
se sitúan en el interior del organismo, puesto que no constituyen
fenómenos públicos, accesibles a varios observadores,
no pueden ser abordados por el método experimental, es decir,
no pueden ser estudiados científicamente. De ahí la
necesidad de concebir al organismo como una "caja negra",
opaca, que no deja ver lo que se desarrolla en su interior, y concentrarse
en consecuencia sobre los únicos fenómenos observables:
los estímulos y las respuestas.
Tal es, brevemente
resumida, la concepción que la gente se hace del enfoque
conductista. Es necesario sin embargo reconocer, en honor a la verdad,
que ciertas formas de conductismo, el conductismo metodológico
y el conductismo filosófico, directamente derivados de (o
asimilables a) las corrientes operacionalistas (que postulan que
no se puede abordar un objeto de estu-dios más que si ha
sido correctamente operacionalizado, es decir, traducido a una serie
de operaciones públicas y observables) no está muy
alejado de esta concepción.
Si tal fuese el caso,
habría que reconocer que la posición conductista sería
absurda, puesto que por un lado, reconocería que lo importante
no es tanto la conducta (último eslabón) como los
procesos que permiten elaborarla; pero, puesto que éstos
son inaccesibles a un observador externo, no habría más
remedio, so pena de caer de nuevo en la introspección (la
vieja introspección en reacción a la cual el conductismo
se había constituido), que contentarse con la conducta; esta
conducta que, aunque sin gran interés en sí, tiene
el mérito de ser pública y susceptible eventualmente
de proporcionarnos algunas informaciones sobre los procesos "mentales"
que le han dado nacimiento. Así es como los psicólogos
cognitivistas conciben la conducta: poco (¡o nada!) interesante
en sí misma, pero constituyendo la única vía
de acceso aceptable (ellos también son científicos;
por lo tanto, rehusan la introspección) para intentar comprender
los mecanismos del aparato (nótese la espléndida metáfora
mecanicis-ta) psíquico, "mental", cognitivo.
Pero todo lo anteriormente
expuesto está basado en la aceptación, como algo evidente,
de la definición de conducta como movimiento muscular visible,
público y, de manera complementaria, del carácter
"mental" de los procesos internos, privados, que actúan
en presencia del estímulo a fin de elaborar la respuesta
adecuada. Y, precisamente, lo que vamos a intentar poner en evidencia
es que esta dicotomía, "mental"- conducta, es incorrecta
ya que deriva de un enorme error categorial.
La parte escondida
del iceberg no es más que iceberg.
Después de
haber echado mano de la astronomía, y antes de pedir prestados
algunos ejemplos de la física, permítasenos, para
agravar nuestro caso, apoyarnos sobre la gramática.
En efecto, la gramática
nos enseña que los verbos describen acciones, es decir, comportamientos,
conductas. Hemos tomado, hace un momento, saltar una valla, presionar
sobre un botón o conducir un coche como ejemplos de conducta,
en contraste con el cálculo mental, actividad que no es considerada
como tal en la visión tradicional de las cosas.
Sin embargo, calcular
es un verbo de la misma forma que lo es saltar, presionar o conducir.
Así pues, lógicamente, si se trata de un verbo, éste
denota una acción, es decir, una conducta. Calcular es, por
consiguiente, una conducta pura y simple.
Llegados a este punto,
creemos adivinar la reacción, escéptica, del lector:
"se trata de un sofisma, de un juego de palabras, de una demostración
puramente verbal, declarativa, sin ninguna relación con la
realidad, con la veracidad de las cosas".
En efecto, no tenemos
intención de contentarnos con esta demostración lógica
basada sobre definiciones gramaticales para defender nuestro punto
de vista, aunque vamos a utilizar de nuevo un argumento lingüístico,
concretamente etimológico. Pero antes quisiéramos
pararnos sobre algunos aspectos más evidentes relacionados
con el cálculo; no con el cálculo "mental"
sino, de momento, simplemente con el cálculo manual.
¿Cómo
resuelve un niño, que está aprendiendo a contar, el
problema: ¿"cuánto suman 3 y 2 ?". Sencillamente,
se ayuda con sus dedos para levantar primero tres dedos, después
otros dos, contarlos y, finalmente, enunciar el resultado: "5".
En efecto, los dedos
son las primeras "muletas" que se utilizan en el aprendizaje
del cálculo. Y esta es la razón por la cual nuestro
sistema de numeración es el sistema decimal, compuesto por
diez elementos básicos diferentes (0,1, 2... 9) que corresponde
a lo que se llama contar en base 10. ¿Por qué la base
10 más bien que la base 2 (como los ordenadores), la 7 o
la 13, por ejemplo? La respuesta es evidente: porque no tenemos
2, 7, ó 13 dedos, sino 10.
¿Una prueba
suplementaria? ¿Cómo hacen los franceses para decir
80? Dicen "quatre-vingts" (cuatro-veintes) en vez de "octante"
o "huitante" que sería la forma normal si siguiesen
el sistema decimal. ¿Saben ustedes por qué? Porque
sus antepasados los galos (como los Mayas, y otras civilizaciones
anti-guas) contaban en base 20 ¿Y por qué 20? Porque,
además de dos manos, ¡tenemos 2 pies! La base 20 ofrece,
en efecto, el doble de posibilidades que la base 10. Y aunque el
sistema decimal fue introducido en Francia hace siglos y siglos,
aún quedan algunas huellas de esta antigua base 20, que mezclan
con la base 10 sin que ello les cause el menor problema (los únicos
a quienes causa problemas son a los extranjeros, como ustedes y
yo, cuando intentamos aprender su idioma). Todo esto para ilustrar
un fenómeno bien conocido: cuando se está en fase
de aprendizaje del cálculo, uno se ayuda (por eso hablábamos
de "muletas") de los elementos externos que tiene a mano
(y perdón por el juego de palabras), elementos que pueden
ser contados y manipulados a voluntad (en manipular hay mani, del
latín manus-mani: mano). Calcular es pues, al principio,
una conducta manual, manifiesta, motora y pública, de contar,
con la mano, con los dedos (de la mano y/o del pié, etc.).
Nadie puede negar que tal actividad constituye una conducta, con
todas las de la letra. Pero, pronto, los 10 o los 20 dedos resultan
insuficientes para realizar cálculos que necesitan más
de 10 o de 20 elementos. Así pues, los dedos se sustituyen
por pequeños objetos fácilmente manipulables, tales
como los huesecitos, las bolas (que han generado los famosos ábacos,
utilizados aún en ciertas civilizaciones orientales), los
guijarros... y ahí queríamos llegar : ¿Cómo
se decía un guijarro, una piedrecita, en latín? Sencillamente:
cálculo (que ha llegado hasta nosotros en la expresión:
cálculo renal, o cálculo en la vesícula biliar).
Etimológicamente, calcular viene pues del latín calculare
y significa: "manipular guijarros, en el sentido de contarlos".
Calcular es pues realmente una conducta, y no solamente en virtud
de un simple razonamiento lógico, de lo que antes podía
parecer un mero sofisma (es un verbo, luego es una conducta), sino
también en virtud de su propia etimología, como antes
lo habíamos anunciado.
¡Sea! -me dirán
ustedes-. Así pues, calcular de manera externa, visible,
pública, manipulativa, no supone ningún problema.
Se trata, sin discusión posible, de una conducta. Pero esto
no prueba en absoluto que los procesos "mentales" que
se desarrollan en nuestro interior mientras realizamos esta actividad,
sin la ayuda de ningún elemento externo manipulable, sean
también conductas. Vamos a responder a esta objeción.
Para ello, es necesario
franquear una etapa más: soltar "las muletas".
En efecto, a fuerza de repetir una conducta, se adquiere una maestría
cada vez más pronunciada; la conducta se automatiza y se
vuelve cada vez menos dependiente de su soporte manipulativo. La
conducta puede entonces interiori-zarse, emitirse sin recurrir a
su componente motriz.
Este proceso se puede
ver claramente en el aprendizaje de la lectura. Al principio, se
lee en voz alta, siguiendo el texto con el dedo y moviendo todos
los músculos del aparato fonador. Posteriormente, se abandona
el señalar con el dedo; se llega luego a leer "para
sí", sin emitir ningún sonido, pero se distingue
todavía un ligero movimiento de los labios, hasta que todo
movimiento desaparece y se llega a la lectura silenciosa del adulto,
a la lectura que se podría llamar "mental". Esto
es lo que sucede con nuestro ejemplo del cálculo "mental".
Una vez que nos hemos convertido en expertos en el cálculo,
podemos efectuarlo interiormente, "mentalmente", sin ningún
componente kinético. Pero calcular, ya sea de forma manipulativa
o de forma "mental", se expresa siempre por un verbo,
por lo que reviste siempre el status de conducta. La única
diferencia entre las dos modalidades está en su carácter
público versus su carácter privado, exterior versus
interior.
En resumen, se trata
sólo de un simple problema de accesibilidad por parte de
un observador externo. Pero una diferencia de accesibilidad no es
suficiente para justificar una dicotomía tan marcada como
procesos "mentales" versus conducta, fenómenos
considerados como pertenecientes a dos categorías tan radicalmente
diferentes que se llega a considerar a una de ellas como la causa
de la otra. Una simple diferencia de accesibilidad a un fenómeno
nun-ca tuvo el poder de cambiar ni la naturaleza ni el estatus del
fenómeno en cuestión, que es independiente del hecho
de que se pueda acceder hasta el más o menos fácilmente.
En otras palabras,
la diferencia de accesibilidad concierne al observador, no al fenómeno.
El fenómeno es lo que es, independiente de su accesibilidad,
que es una característica dependiente del observador. Un
fenómeno no cambia en su esencia a causa de las limitaciones
perceptivas del observador. Los infra- y los ultra-sonidos, los
rayos infra-rojos y los rayos ultra-violetas no son fenómenos
esencialmente diferentes de, respectivamente, los sonidos audibles
y los colores perceptibles por el ser humano por el simple hecho
de que no los percibe. De hecho, pueden ser percibidos por otras
especies animales, lo que demuestra que no tienen nada de particular
en sí, es decir, que su inobservabilidad humana no implica
ninguna diferencia de estatus (ontológico). Crear categorías
diferentes de fenómenos en función, únicamente,
de su accesibilidad humana, constituye una acto de un antropocentrismo
descarado, demasiado corriente por desgracia, pero sin ninguna justificación
objetiva más que el lisonjeo de nuestro ego. Es hacer del
ser humano la medida de todas las cosas; pero las cosas eran así
mucho antes de nuestra aparición sobre la tierra, continuarán
siéndolo después de nuestra eventual desaparición,
y se burlan totalmente, con razón, de la concepción
que nosotros tengamos de ellas.
Existen pues conductas
visibles, a las que podemos llamar manifiestas, y conductas escondidas,
a las que podemos llamar "mentales". Pero ambas son conductas
con todas las de la ley; y no considerarlas así a causa de
su diferencia de accesibilidad, suponer que sólo son conductas
las primeras, creando así una categoría diferente
para las segundas, añadiendo, para postre, una relación
causal entre ambas, constituye, ni más ni menos, un magnífico
error de categorización. La analogía siguiente debería
acabar de poner en evidencia nuestra posición.
Se trata de la analogía
con los icebergs. Un iceberg es una masa de hielo, a la deriva sobre
el océano, que presenta, en virtud de las leyes de la física,
una parte visible y una parte escondida (la parte visible y la parte
escondida del iceberg, como se dice normalmente). A nadie se le
ocurriría considerar que el iceberg es solamente su parte
visible, que su parte escondida pertenece a otra categoría
de fenómenos y, todavía menos, considerar que la parte
oculta constituye "la causa" de la parte visible. El iceberg
es el conjunto, la suma de la parte visible y de la parte escondida;
y el hecho de que esté dividido en dos partes por la frontera
de la línea de flotación no tiene el poder de generar
dos fenómenos diferentes. Del mismo modo, la conducta es
el conjunto, la suma de la parte manifiesta y de la parte "mental",
y el hecho de que esté dividida en dos por la frontera de
la piel no tiene el poder de generar dos fenómenos diferentes.
Así, las llamadas
funciones "mentales", los llamados procesos cognitivos
(2),
lejos de ser las causas de la conducta, son conductas en sí
mismas, conductas que antes de haber sido interiorizadas, transformadas
en "mentales", eran auténticas conductas motoras,
públicas, manifiestas, externas. En otras palabras, los procesos
"mentales" no forman parte de la explicación, sino
de lo que debe ser explicado. Y es ahí donde la visión
tradicional, tanto de la gente de la calle, como de los psicólogos
cognitivistas, se revela incorrecta. En efecto, al interrumpir la
cadena explicativa de la conducta en el eslabón de lo "mental"
se tiene la impresión de haber dado una explicación,
cuando lo que se hace no es más que retrasar la solución
del problema. Decir que el alumno ha podido responder correctamente
a la pregunta que se le hizo porque ha efectuado un cálculo
mental correcto no supone avanzar en lo más mínimo,
pues aún hay que explicar por qué ha realizado un
cálculo mental correcto. La explicación cognitiva,
abortando con una respuesta que parece satisfactoria la búsqueda
de la explicación, interrumpe la cadena causal en un eslabón
intermedio (interviniente, pero intermedio) e impide proseguir en
el camino del establecimiento de la causa primera, la que realmente
nos interesa. Esto se parece mucho al razonamiento de los niños
que responden a la pregunta: "¿De dónde vienen
los pollos?" diciendo: "del supermercado"; y que
cuando nos oyen quejarnos de que no tenemos suficiente dinero para
terminar el mes nos dicen que vayamos a buscarlo al cajero automático
de nuestro banco. Ignoran que los pollos (¡por suerte!) no
son producidos por los supermercados y que el dinero (¡por
desgracia!) no aterriza en el banco si antes uno no lo ha ganado
con su trabajo. El supermercado y el banco son variables intermediarias,
no variables independientes (causas).
Interrumpir la explicación
de la conducta manifiesta en la acción de la conducta no
observable equivale a explicar la parte visible del iceberg por
su parte sumergida, olvidando que las dos deben ser explicadas en
términos de temperatura, densidad, etc. que son las verdaderas
causas del fenómeno que nosotros llamamos iceberg. Decir
que la bombilla se enciende porque se ha manipulado el interruptor
no es falso, pero es muy incompleto puesto que esto no explica por
qué manipulando el interruptor la bombilla se enciende. La
explicación completa (y, por lo tanto, correcta) (3)
nos remite a la noción de electricidad, de conducción,
de flujo interrumpido o no de electrones, etc. y es en este punto
donde la corriente (¡y dale con los juegos de palabras!) conductista
se opone a la escuela cognitiva: en su negativa a conceder un papel
primordial al eslabón intermedio, interno, "mental",
no porque esté escondido y por lo tanto resulte inaccesible
(caja negra), sino porque no constituye más que una con-ducta,
como la conducta manifiesta que se supone debe explicar, y que,
en consecuencia, no forma parte de la explicación sino de
lo que debe ser explicado.
Lejos de contentarse
pues con estas pseudo-explicaciones de medio recorrido (preñadas,
por ende, de errores categoriales), el conductismo se vuelve hacia
el ambiente, fuente última (o primera; depende de cómo
se consideren las cosas) de las conductas, tanto públicas
como privadas, según una relación de interacción
que no tiene nada que ver con el célebre esquema (unidireccional,
mecanicista y reduccionista) estímulo-respuesta, en el que
sus detractores han querido siempre encerrar al conductismo para
poder criticarlo mejor. Pero esto sería otra historia...
Llegados a este nivel
de nuestro discurso, hemos de confesar, en aras de la verdad, que,
para desenmascarar lo más eficazmente posible el error categorial
de lo que hemos llamado "la parte oculta del iceberg",
hemos utilizado expresiones y conceptos que implican y conllevan
otro error categorial, muy corriente también y no menos peligroso,
que vamos a intentar corregir a continuación. Pero nos ha
parecido mas "pedagógico" ir por partes, ocuparnos
de un sólo error a la vez y enfrentarnos luego con el siguiente,
más bien que intentar denunciarlos todos al mismo tiempo
corriendo el riesgo de crear confusión y dificultar, al fin
y al cabo, la comprensión de nuestra argumentación.
¿Cuál
es pues ese segundo error categorial al que acabamos de referirnos?
Sencillamente, el error de situar la conducta en el organismo.
Efectivamente, líneas
arriba hemos escritos frases como : La conducta puede entonces interiorizarse...
Una vez que nos hemos convertido en expertos en el cálculo,
podemos efectuarlo interiormente... conductas que antes de haber
sido interiorizadas... y otras por el estilo. Pero la ubicación
de la conducta, ya sea en el interior del organismo o en otro lugar,
conlleva graves problemas; entre otros, el suponer que la conducta,
puesto que puede ser situada en algún sitio, tiene características,
propiedades, atributos espaciales, es decir, posee extensión
en el espacio (res extensa, como dirían los antiguos). Vamos
pues a ocuparnos de este asunto.
Y para ello, vamos
a tomar prestada una analogía a un buen amigo nuestro, Josep
Roca. Se trata, a decir verdad, de un viejo chiste antimilitarista
primario, chiste que conocíamos desde hace muchos años
pero al que nunca se nos hubiese imaginado sacarle todo el "jugo
epistemológico" que ha sabido sacarle Roca.
Se trata pues de
un sargento instructor que está explicando a sus reclutas
las bases elementales de la balística. Dice el sargento:
"el proyectil describe una curva ascendente hasta llegar a
su punto culminante y, a partir de este punto, empieza a caer a
causa de, según dice el manual, la fuerza de la gravedad;
pero, si queréis que os diga la verdad, así, entre
nosotros, yo creo que, sencillamente, el proyectil se cae por su
propio peso". Y aquí es donde uno debía reírse,
pues resulta en efecto cómico descubrir que el sargento es
tan corto que ignora que "caerse por su propio peso" no
es más que la versión popular, sencilla, del lenguaje
corriente (vulgata) de "la fuerza de la gravedad".
Pero no se rían
demasiado, puesto que, finalmente, el sargento no iba tan equivocado
como parece. O, si prefieren, son Uds. quienes se equivocan al pensar
que el sargento es un ignorante. Porque da la casualidad de que,
sin saberlo, tiene razón en un punto: no es lo mismo "caer
por su propio peso" que "caer a causa de la fuerza de
gravedad". El sargento se equivoca sin embargo al decir que
el proyectil "cae por su propio peso". En realidad, "cae
a causa de la fuerza de gravedad", que no es lo mismo, ni mucho
menos. Y si me permiten que después de la astronomía
y de los icebergs les siga hablando de física (antes de volver
a la conducta, que es lo que en definitiva nos interesa), vamos
a intentar aclararles todo este asunto.
Las piedras no caen
por su propio peso.
Cuando decimos que
un proyectil (o una piedra, o un cuerpo cualquiera) cae "por
su propio peso", estamos afirmando de manera clara y explícita
que las piedras tienen un peso que les es propio, es decir, que
el peso está en la piedra, o, dicho de otro modo, que el
peso es una propiedad (en el sentido literal de la palabra propiedad,
como cuando decimos que tal fábrica es propiedad de tal persona)
de la piedra. Consideramos pues que el peso es una propiedad esencial
(en el sentido de esencia) de la piedra, al igual que lo son su
forma, su tamaño o su volumen. Es decir, consideramos que
el peso pertenece a la piedra, como le pertenecen su forma, su tamaño
o su volumen.
Pero, contrariamente
a la forma, el tamaño o el volumen, que sí son cualidades
propias de una piedra, el peso no lo es, por la sencilla razón
que los cuerpos tienen volumen y masa, pero no volumen y peso.
La masa sí que pertenece al objeto ; la masa sí que
es una cualidad esencial de la piedra ; pero el peso no. Recuerden
sino las nociones de física que nos enseñaron en el
colegio : un cuerpo tiene una masa dada, y dicha masa, que es una
característica propia de cada cuerpo, interna al cuerpo,
por decirlo de alguna manera, se transforma en peso al interactuar
con la fuerza de la gravedad, que es una característica externa
a la piedra, una característica del entorno, del ambiente
en el que se encuentra la piedra. El peso no constituye pues una
propiedad esencial de la piedra, sino una propiedad relacional.
Todos sabemos que una misma piedra "posee" un peso diferente
en la atmósfera terrestre y en la luna, por ejemplo, a causa
del valor diferente de la fuerza de la gravedad en estos dos ambientes
distintos. La masa de la piedra es la misma en la tierra que en
la luna; sin embargo, "su" peso varía considerablemente.
Y las comillas que hemos utilizado delatan nuestra concepción
equivocada del asunto: la piedra no "posee" un peso, y
no se trata, por lo tanto, de "su" peso; la piedra, sencillamente,
pesa. Y ya estamos donde queríamos llegar: pesar es un verbo,
una acción, una propiedad relacional y no una propiedad esencial,
propia, interna al objeto. Así pues, los objetos (y los sujetos),
por definición y por pura lógica, no poseen la interacción
ni en su interior ni en ninguna parte: sencillamente, interactúan,
que es muy diferente.
La analogía
nos parece ahora suficientemente clara: los verbos expresan conductas
y las conductas, que son interacciones, no se sitúan en el
interior del organismo. La conducta no es pues una propiedad esencial
del sujeto sino una propiedad relacional. Considerar la conducta
como algo que reside en el sujeto equivale a confundir el peso con
la masa. Ubicar la conducta en el interior del sujeto no tiene más
sentido que situar el peso en el interior del objeto. La interacción,
ya sea peso o conducta, no se ubica en ningún sitio por la
sencilla razón de que no posee atributo de extensión
(res extensa, como diría Aristóteles). Tan poco sentido
tiene decir que se sitúa en el interior del organismo (versión
tradicional) como decir que reside en el ambiente (cosa que nadie
defendería).
Al ver un organismo
que se comporta (que "emite" una conducta, como decimos
a veces en nuestra jerga) tendemos a considerar que exterioriza
una conducta que poseía en su interior, de la misma manera
que cuando vemos una piedra (o un proyectil, para volver al caso
de nuestro sargento) caer atribuimos su conducta (de caer) a una
propiedad interna del objeto: su peso. Cometemos el mismo error
que si, después de frotar una cerilla en el rascador de su
caja y ver aparecer la llama en la punta del fósforo, afirmáramos
que la llama se hallaba en el interior de la cerilla. A la pregunta:
"¿dónde se hallaba la llama antes de frotar el
fósforo contra el rascador, en la cerilla o en el rascador?"
la respuesta correcta es: "ni en la una ni en el otro".
La llama no se encontraba en el interior de la cerilla ni en el
interior del rascador; la llama es la resultante de la interacción
entre ambos. Asimismo, la conducta no es una propiedad esencial
del organismo, sino una propiedad relacional; y es por ello que
se expresa mediante un verbo, que designa acción, y no mediante
un substantivo (de substancia, esencia) que designa un objeto con
res extensa. Una piedra no tiene peso (substantivo); pesa (verbo).
Un enamorado no tiene amor (y que todos los Romeos del mundo me
perdonen); ama. Un delincuente no tiene agresividad: agrede. Y este
deslizamiento gramatical que cometemos desde el verbo (la acción,
la conducta) hacia el substantivo (la cosa) corresponde ni más
ni menos al proceso de cosifica-ción, substantivación,
reificación (tomando la raíz latina res-rei), proceso
tan corriente y habitual que ni siquiera somos conscientes del abuso
que cometemos de él.
Y, sin embargo, la
reificación constituye otro error categorial clásico
(confundir verbos con substantivos) en la explicación tradicional
de la conducta, error que, añadido a los dos que acabamos
de denunciar, configura la visión intuitiva del comportamiento
adoptada implícita o explícitamente por nuestros conciudadanos
y frente a la cual el análisis conductista, claramente antiintuitivo,
encuentra graves dificultades para cuajar. Intentemos pues desen-mascarar
este nuevo tipo de error categorial.
Los hombres y las
mujeres no mueren porque son mortales.
Viajemos por un instante
a través del tiempo hasta la época prehistórica
y observemos la vida cotidiana de una tribu de trogloditas.
Una mañana,
nuestro protagonista (llamémosle Uhr) sale de su cueva para
ir a cazar un mamut y alimentar asi a su familia. Al salir observa
que el suelo presenta hoy un aspecto diferente de lo acostumbrado:
hay como un manto transparente que lo recubre todo (la noche precedente
ha helado). Es la primera vez que Uhr se halla confrontado con este
fenómeno, que desconoce por completo. Aparte de constatarlo,
no le otorga mayor importancia y se lanza corriendo, como de costumbre,
en búsqueda de su presa. Evidentemente, ni corto ni perezoso,
resbala estrepitosamente y se encuentra en el suelo con la rótula
izquierda partida en dos. Moraleja: dos meses sin poder sustentar
a su familia.
La próxima
vez que nuestro héroe, ya repuesto de su herida, constata
al salir de caza que el suelo presenta esas características
peculiares (estimulo discriminativo) que le condujeron al accidente
(consecuencia aversiva), modifica su manera de desplazarse a fin
de evitar la caída (conducta de evitación), y por
aproximaciones succesivas (moldeamiento) acaba desplazándose
de forma adecuada sobre suelos resbaladizos.
Cuando se plantea
denominar esta nueva forma de desplazarse respecto a la forma habitual,
acuña un nuevo término: prudentemente, de manera prudente.
Se trata de un adverbio o de un adjetivo (no de un verbo ni aún
menos de un substantivo), es decir, de un término que califica
una conducta. En vez de detallar, elemento tras elemento , la nueva
manera de desplazarse ("pon el pié derecho bien plano
sobre el suelo; desplaza tu centro de gravedad sobre él antes
de levantar el pié izquierdo; avánzalo lentamente
y luego... etc. etc."), una vez puestos de acuerdo sobre el
catálogo de conductas que se halla resumido bajo el vocablo
"prudentemente", dicho vocablo funciona como una etiqueta
que resume y condensa en una sola palabra dicho repertorio conduc-tual.
Desplazarse de manera prudente (o prudentemente) no es más
que la manera resumida, económica de decir: "desplazarse
poniendo el pié derecho bien plano...etc.").
Así, cuando
el estímulo discriminativo lo requiere, aparece la conducta
adaptada a fin de evitar las consecuencias aversivas, y un simple
aviso verbal basta para solicitar tal conducta: "¡familia!
hoy, cuando salgáis, debéis desplazaros de manera
prudente." Se trata de un tipo de conducta particular, sin
más.
Veamos el paso siguiente.
En otra ocasión, nuestro hombre, persiguiendo su presa, se
encuentra frente a un barranco sobre el que yace un tronco de árbol
caído. Para atravesarlo sin caerse, debe desplazarse de una
manera que no es ni la habitual ni la que ahora llamamos prudente
(no es lo mismo andar sobre el hielo que desplazarse sobre un tronco
caído). ¿Deberá acuñar un nuevo término
para designar esta nueva forma de desplazarse? Ello sería
una solución. Pero puesto que hay varios elementos comunes
entre esta nueva forma y la forma llamada prudente (sólo
deben emitirse en circunstancias parti-culares; ambas evitan desgracias,
etc. etc.), otra solución consiste en extender, ampliar (generalizar)
el sentido de la palabra "prudentemente" a otras circunstancias
que aquellas que primitivamente sirvieron para generar el término.
Diremos pues que en ambos casos hay que comportarse de manera prudente
aunque la cadena de conductas concretas que hay detrás no
sea idéntica.
Franqueemos ahora
una etapa más en este proceso de generalización. No
utilicemos este vocablo solamente para las formas de desplazarse,
sino también para otras actividades, incluso sociales, en
las que, de manera quizás algo metafórica, puede hablarse
de "prudentemente". Imaginemos, por ejemplo, que un buen
día, en el momento de servir el guisado de mamut, Uhr se
da cuenta de que se le ha acabado la sal. Se le ocurre pedirle un
poco a su vecino, pero supone que si lo aborda con su rudeza habitual,
va a tener que comer sin sal. Lo aborda pues de una manera diplomática
a fin de evitar que el vecino le niegue el favor. Puede decirse
entonces, ampliando de nuevo el campo de la generalización,
que se ha comportado de manera prudente.
Hasta aquí
hemos contemplado la génesis del adjetivo "prudente"
y del adverbio "prudentemente" (4).
Imaginemos ahora que nuestro personaje, vistas las ventajas que
acarrea comportarse de manera prudente (ley del efecto), adopta
esta conducta no ya de manera esporádica sino de forma habitual.
A la larga, el observador de todo este proceso puede resumir la
constatación "Uhr se comporta regularmente de manera
prudente" diciendo: "Uhr es prudente".
La introducción
del verbo ser es correcta pero peligrosa. En efecto, el observador
lo usa como puro resumen de "se comporta regularmente",
pero utiliza para ello el verbo que, por definición, denota
esencia. De este modo, hemos deslizado el campo semántico
desde la conducta (se comporta) hasta la esencia (es); desde la
propiedad relacional hasta la propriedad esencial (retomando los
conceptos del apartado anterior).
Si tuviésemos
siempre presente cómo hemos llegado hasta ahí, no
habría problema. Es decir, si recordáramos que "prudente"
es una etiqueta para resumir un catálogo de conductas y que
"es" equivale a "se comporta regularmente",
no caeríamos nunca en la trampa de contestar un día,
a un nuevo observador acabado de llegar, que no habiendo presenciado
la génesis de tal peculiar conducta respecto a la cual muestra
una cierta curiosidad, pregunta: "por qué anda Uhr de
esta forma cuando el suelo está blanco, y de esta otra cuando
cruza un tronco sobre un barranco, y de esta otra cuando va a pedir
un poco de sal a su vecino"? diciéndole (en lugar de
explicarle las contingencias que han generado y que mantienen dichas
conductas): "porque Urh es prudente".
Con tal pirueta lingüística,
que no es más que una pura y simple tautología (puesto
que la pregunta era: "por qué Uhr se comporta de manera
prudente?" y la respuesta ha sido: "porque Uhr es prudente")
hemos transformado descaradamente lo que nos servía como
descripción abreviada de una conducta habitual en su propia
causa. Uhr ya no se comporta de manera prudente por la cuenta que
le trae, es decir, en función de las consecuencias, sino
en virtud de algo que Uhr posee en su interior y que le mueve a
ser prudente: la prudencia.
Y fíjense
que, sin darnos cuenta, hemos introducido, por primera vez en esta
historia, un substantivo: la prudencia. Hemos pues substantivado,
cosificado, algo que, al principio, sólo era descripción
de conducta. Como por arte de magia (5)
nos hemos sacado del sombrero de copa, en el que habíamos
introducido sólo un adjetivo y un adverbio, un magnífico
substantivo, vivito y coleando que, por designar, como es lo propio
de todo substantivo, un objeto, una cosa (de ahí lo de "cosificación"),
posee atributos de extensión, de res extensa (de ahí
lo de "reificación"). Una prueba adicional de que
la prudencia posee ahora atributos espaciales viene dada por el
hecho de que hablamos de "poca" o "mucha" prudencia,
de una "gran capacidad de", etc.
Y lógicamente,
puesto que ocupa espacio, debe situarse en algún sitio. ¿Y
qué mejor sitio que en el interior del organismo que se comporta
"con" prudencia, como decimos coloquialmente? La prudencia
es ahora una cualidad propia, esencial del sujeto y no una propiedad
relacional. Y es por esto que este apartado se halla íntimamente
relacionado con el precedente. Nos hallamos pues frente a afirmaciones
como: "los hombres mueren porque son mortales", "el
carbón es negro porque posee la negrura" o, como lo
decía ya irónicamente Moliere en sus comedias burlándose
de los médicos de su época (y yo diría, de
los psicólogos de la nuestra), "el opio adormece porque
posee virtudes adormecedoras." Dichas afirmaciones no son más
que tautologías apenas disfrazadas, puesto que "ser
mortal" no constituye en absoluto la causa de la muerte de
los hombres, sino la simple constatación de que todos los
hombre mueren. Sencillamente, llamamos "mortales" a los
seres que mueren, y en ningún caso la simple denominación
de un fenómeno puede ser transformada en su causa.
Si substituimos pues
en la frase: "los hombres mueren porque son mortales"
la palabra "mortales" por su definición, obtenemos
la perogrullada siguiente: "los hombre mueren porque son seres
que mueren". Y frente a esta tautología ahora desenmascarada,
ni siquiera un niño de 4 años, en plena fase de: "papá,
¿por qué los pájaros vuelan?"; "papá,
¿por qué los peces no se ahogan?" etc. se contentaría
con dicha "explicación". Pero basta con camuflarla
un poco y parece una docta sentencia: "Pedro ayuda a su prójimo
porque posee una gran bondad"; Pablo martiriza a los animales
porque posee un elevado grado de sadismo. La "bondad"
y el "sadismo", al igual que la prudencia de nuestro ejemplo
o la agresividad del ejemplo de Los Horcones, no constituyen las
causas de la conducta observada; no son más que la substantivación
de la descripción condensada de una conducta habitual, substantivización
erigida al rango de causa en virtud de un grosero proceso tautológico
disfrazado. Ser bondadoso, ser sádico, no es más que
la manera rápida de decir que fulano o fulana de tal se comporta
habitualmente de una manera que hemos convenido en llamar bondadosa
o sádica (y que consiste, entre otros elementos, a ayudar
a su prójimo y a martirizar a los animales indefensos respectivamente).
Pero en modo alguno puede ello ser la causa de dichas conductas,
so pena de tautología flagrante.
La pregunta pertinente
sería: "¿por qué Uhr se comporta habitualmente
de esta manera llamada prudente y, por consiguiente, le llamamos
prudente?" Formulada así la pregunta, resulta evidente
que la respuesta: "porque es prudente" aparece como inequívocamente
tautológica y la rechazamos por insatisfactoria, buscando
entonces las verdaderas causas: "porque de no hacerlo así,
su familia se moriría de hambre". Y tal respuesta, poniendo
el acento en las consecuencias de la conducta, desplaza el factor
causal desde el interior del sujeto hacia el entorno, o, mejor dicho,
pone el acento sobre la interacción entre el sujeto y el
entorno. Se trata de un notable cambio de perspectiva, ¿no?
Pues bien, por extraño que nos parezca, es a través
de este mismo proceso de reificación abusiva que han sido
generados todos los términos tradicionales explicativos de
la conducta humana: la generosidad, la impulsividad, agresividad,
introversión/extroversión, tenacidad, bondad, sadismo
(que tomaremos como ejemplo en el apartado siguiente), simpatía
y los centenares de vocablos del mismo estilo de los que usamos
(y abusamos) cotidianamente. Y, apareados a un razonamiento tautológico
disfrazado, proporcionan el sistema explicativo de la conducta tanto
del hombre y la mujer de la calle como de, con un poco más
de sofisticación, evidentemente, de los psicólogos
tradicionales. Y es precisamente porque la psicología tradicional
comete los mismos errores categoriales que la gente de la calle
que ésta se reconoce perfectamente (es por eso que hablamos
de "concepción intuitiva") y acepta sin chistar
la jerga pseudo-científica de los "profesionales"
del asunto, como en la época de Moliere ocurría con
la medicina. ¡Y así estamos!.
Y puesto que hablamos
de medicina no estaría de más que nos parásemos
un instante para denunciar otro error de razonamiento, perfectamente
enraizado en los anteriores y que contribuye, lógicamente,
a mantenerlos: la transposición del modelo médico
a los asuntos de la conducta. Una de las críticas más
recurrentes dirigidas contra el conductismo consiste en afirmar
que éste sólo se ocupa de las conductas (los síntomas)
sin preocuparse de los conflictos internos que las ocasionan (las
causas).
El lector que ha
tenido la bondad de seguirnos hasta aquí podría ya
objetar tal afirmación de que las conductas no sólo
son lo que se observa desde el exterior (iceberg, caja negra, etc.)
y que el término "interno" conlleva graves problemas
(peso y masa). Pero ello no bastaría para convencer a su
interlocutor de que, en el fondo, él tiene razón cuando
considera que el conductismo actúa como una aspirina: suprime
(temporalmente) la fiebre pero no cura la infección (el paralelo
con el modelo médico aparece aquí con toda su esplendor).
Intentemos pues convencer con otros argumentos a nuestro contradictor,
analizando con cierto detalle la analogía implícita
de su razonamiento.
¡El bacilo
de Koch existe!
Cuando un psicólogo
tradicional o un psicoanalista explica la conducta de una persona
que disfruta infligiendo sufrimientos a su prójimo, martirizando
animales indefensos o azotando a su pareja sexual, aduce la existencia
del sadismo (substantivo) en el interior de sujeto. Y si alguien
les pregunta por qué se comporta dicho individuo de esta
forma, la respuesta no se hará esperar: porque es un sádico.
La conducta sádica que presenta es la consecuencia, el síntoma
de un trastorno psicológico: el sadismo. Tenemos pues una
explicación en dos términos: los síntomas (la
conducta sádica) y la causa (el sadismo).
Si un terapeuta conductista
consigue exitosamente modificar la conducta de tal individuo hasta
la supresión total de cualquier manifestación sádica,
el psicoanalista aducirá que sólo los síntomas
han sido suprimidos (igual que un analgésico disimula el
dolor), pero que, como no se ha tratado la causa profunda, el síntoma
aparecerá de nuevo bajo una forma u otra (lo que ellos llaman
"el desplazamiento del síntoma").
Es evidente que si
las cosas fuesen efectivamente tal y como ellos las consideran,
las terapias conductistas serían un "engañabobos"
que sólo producirían efectos pasajeros sin solucionar
en absoluto la raíz del problema. Si las cosas fuesen así,
serían los psicoanalistas quienes tendrían toda la
razón del mundo.
Pero el problema
reside, como siempre, en la conceptualización misma del asunto,
conceptualización que, como vamos a exponer, se basa sobre
una analogía seductora pero abusiva del modelo médico.
En efecto, si un sujeto tose repetidamente, escupe sangre y presenta
una piel pálida (síntomas ) (6)
, el médico diagnosticará una tuberculosis galopante.
Y si alguien le pregunta por qué se comporta dicho individuo
de esta forma, la respuesta tampoco se hará esperar: porque
es un tuberculoso. Y si un curandero consigue exitosamente suprimir
los síntomas, nadie osará afirmar que se ha vencido
la tuberculosis del sujeto, tuberculosis que va a continuar desarrollándose
catacumbalmente hasta causar daños irreparables en el organismo
por falta de tratamiento adecuado dirigido contra la causa y no
contra los meros síntomas.
Hasta aquí,
el paralelo (la analogía) entre las dos situaciones parece
no sólo evidente sino, además, dar la razón
a los oponentes al conductismo.
Pero analicemos ambas
situaciones un poco más profundamente. En el primer caso,
la existencia del sadismo ha sido inferida, postulada a partir de
los síntomas, y la única prueba de su existencia es
precisamente la presencia de los síntomas. Como lo hemos
indicado antes, estamos en presencia de una explicación en
dos términos. En el segundo caso, puede igualmente decirse
que la tuberculosis ha sido inferida a partir de los síntomas.
Pero, contrariamente al caso del sadismo, la única prueba
de la existencia de la tuberculosis no la constituye la presencia
de los síntomas. Un simple análisis biológico
de las secreciones salivares del sujeto bastará para demostrar
que contienen un agente patógeno, concretamente, el bacilo
de Koch. La verdadera causa del conjunto de síntomas que
resumimos con la etiqueta de "tuberculosis" es el bacilo
de Koch. La tuberculosis, como el sadismo, no son más que
etiquetas para resumir síntomas (o conductas, como en el
ejemplo de la prudencia); pero en modo alguno, bajo pena de tautología
descarada -como nos esforzamos en demostrarlo en el apartado anterior-,
pueden ser considerados como la causa de dichos síntomas
(o conductas).
Y es por eso que
dos términos no bastan para analizar adecuadamente la situación.
El tercer término, decisivo, es, por supuesto, el bacilo
de Koch. Y nótese que su existencia no ha sido simplemente
inferida a partir de los síntomas; el bacilo de Koch posee
una existencia propia independiente de los síntomas que produce.
Puede ser aislado, cultivado, estudiado en un tubo de ensayo, sin
que provoque tos a nadie. Es decir, puede "desconectarse"
la causa de las consecuencias puesto que, si éstas dependen
de aquélla, lo contrario no es cierto. Es por ello que insistimos
sobre el hecho de que la existencia del bacilo puede ser demostrada
independientemente de la presencia de los síntomas. No se
trata pues de una simple inferencia, de un postulado, sino de una
realidad que puede ser demostrada.
En el caso del sadismo,
¿qué prueba independiente de los síntomas puede
ser presentada para justificar su existencia? En ausencia de cualquier
conducta (incluso privada) sádica, ¿quién se
atrevería a catalogar a fulano de tal como sádico?
Nadie, evidentemente; puesto que, en caso contrario, todos ustedes,
como yo, podemos ser diagnosticados como sádicos latentes,
masoquistas latentes, asesinos latentes, etc. etc. etc. No; en la
realidad cotidiana, nadie considera como sádico a alguien
que no presenta ni ha presentado nunca la más mínima
conducta sádica. El sadismo no existe con independencia de
la conducta sádica; y es por eso que, si se elimina dicho
tipo de conducta, se ha eliminado, de hecho, el sadismo, que no
era más que la etiqueta para designar tal conducta y que
había sido postulado a partir de ella misma.
Queda claro pues
que en un caso estamos en presencia de una explicación que
comporta sólo dos términos mientras que en el otro
disponemos de tres. La analogía entre ambas situaciones es,
por lo tanto, ilegítima, falsa y abusiva; es decir, puro
sofisma.
El modelo médico
no puede ser así, alegremente, transpuesto a los asuntos
de la conducta, asuntos que se ajustan mucho más a un modelo
edu-cacional, de aprendizaje, que al modelo médico. Criticar
las terapias conductis-tas con argumentos relativos al modelo médico
no es más que el reflejo de una conceptualización
errónea de los fenómenos abordados, a pesar de su
aparen-te pertinencia. Pero, me dirán ustedes, ¿cómo
explicar entonces el desplazamiento, el resurgimiento del síntoma,
constatado a veces después que una terapia conductista lo
haya erradicado? Este argumento, clásicamente esgrimido por
los psicoanalistas, demuestra que, en efecto, poseen una buena capacidad
de ob-servación; desgraciadamente, (y contrariamente a lo
que ellos piensan) es su capacidad de explicacion, de conceptualización
la que no está a la altura. En lugar de postular -porque
se trata de un simple postulado- que, habiendo eliminado el síntoma
sin preocuparse de resolver su causa profunda, el síntoma
aparece bajo otra forma, puede proponerse otra explicación
a dicho fenómeno utilizando conceptos puramente conductuales.
En efecto, en el
ámbito médico, la noción de "beneficio
secundario de la enfermedad" es ampliamente conocido. Cuando
alguien recibe la etiqueta de enfermo por parte de un profesional
de la salud al que la sociedad ha otorgado dicha función
y potestad, obtiene (como compensación, en cierto modo, de
la desgracia de haber enfermado) un cierto número de privilegios
secundarios: se le dispensa de trabajar, se le permite quedarse
en la cama aún y cuando su estado no lo justifique plenamente,
se le toleran ciertos caprichos, la gente a su alrededor se muestra
más tolerante y menos exigente, etc. etc. Privilegios que
desaparecen bruscamente cuando se le da de alta, lo que explica
la existencia de ciertos enfermos "funcionales", bien
conocidos del cuerpo médico y hospitalario, que perpetúan
sus dolencias -ahora imaginarias- para prolongar dichos beneficios
secundarios.
De la misma manera,
un sujeto que padece fobia de los ascensores, pongamos por caso,
recibe un trato "preferente" por parte de su entorno familiar.
Si un día se ha decidido cenar juntos con los Rodriguez,
que viven en el noveno piso de un edificio con ascensor, se invitará
más bien a los Rodriguez a venir a casa en vez de ir a su
casa de ellos; se evitará alquilar una habitación
situada en los últimos pisos de un hotel cuando se salga
de vacaciones, reservando una situada en las plantas inferiores,
etc. Es decir, se prestará una atención especial al
sujeto, se organizarán siempre las cosas en función
de su "problema".
Si un terapeuta eficaz
le soluciona su problema y le permite (al cabo de unas pocas sesiones
de tratamiento y no después de años -¡y aún!-
de diván) tomar tranquilamente el ascensor, se encuentra
entonces privado súbitamente del beneficio secundario que
su transtorno le proporcionaba (refuerzo social) y es muy probable
que presente una nueva fóbia (emita una operante de la misma
clase) a fin de recuperar los beneficios secundarios que le producía
la anterior (a fin de obtener de nuevo el refuerzo que le había
sido retirado).
Una terapia conductista
correcta no se centrará pues únicamente en el cliente
(como diría Rogers) sino que informará a su entorno
familial de los riesgos que incurren si dejan de prestar atención
súbitamente al ex-fóbico, y les instruirá sobre
la manera de hacerlo paulatinamente (programa); es más, les
exhortará a desplazar la atención que antes prestaban
a su fobia a otros aspectos de su conducta afin de que no se encuentre
privado de algo que antes obtenía mediante su antigua fobia
y evitar así que lo busque a través de una nueva fobia.
Y los estudios de efectividad de las terapias, tanto a medio como
a largo plazo, muestran inequívocamente que, cuando el terapeuta
imcluye dichos aspectos en su tratamiento, no hay ningún
desplazamiento ni resurgimiento del "síntoma".
Llegados a este punto
del discurso, uno puede legítimamente preguntarse cómo
es que si la conceptualización conductista, una vez expuesta
con detalle, aparece como mucho más pertinente que sus rivales,
no consigue destronarlas e imponerse como ocurre normalmente con
toda teoría que supera, en potencia explicativa y en parsimonia,
a las otras teorías en boga. Varios factores nos parecen
poder explicar esta situación anómala. Pero quisiéramos,
como epílogo a esta ya quizás demasiado larga reflexión,
exponer por lo menos uno de ellos que, a nuestro modo de ver, constituye
un obstáculo relevante a tal cambio de paradigma. Y, para
ello, vamos a echar mano, una vez más, del viejo recurso
de la metáfora.
La máscara
no es el rostro.
En las antiguas tragedias
griegas, los actores cubrían su rostro con una máscara,
triste o sonriente, según el personaje que debían
interpretar. Sólo con ver la máscara, se podía
predecir pues el papel que iba a interpretar el actor puesto que
su conducta sobre la escena dependía de la máscara
que llevaba (7).
Evidentemente, a
nadie se le ocurriría confundir la máscara (visible)
con el rostro (invisible). Aunque el espectador no podía
ver el rostro a causa de la máscara que lo cubría,
sabía perfectamente que el actor tenía un rostro propio
y que la máscara era, por decirlo de alguna manera, de "quita
y pón", y que un día podía arborar una
máscarsa triste y otro una de alegre, pero que ninguna de
las dos eran su verdadero rostro. No había pues confusión
posible entre el rostro y la máscara. Imaginemos ahora que,
por una razón dada, un actor conserve siempre, día
y noche, durante años y años, una misma máscara
sobre su rostro, hasta el punto que se le pega a la cara como una
segunda piel y que, al final, la gente olvida por completo que lo
que percibe no es el verdadero rostro del sujeto sino una simple
máscara (8),
máscara que no corresponde mejor al rostro verdadero que
otra máscara diferente y quizás más adaptada.
Es decir, no por ser la más antigua es la más adaptada
ni, aún menos, es el rostro mismo.
Si, llegados a este
punto, un nuevo director escénico decidiese hacer ac-tuar
a este actor con otra máscara y le pidiese que se quitara
la antigua, la gente le trataría de loco, le acusaría
de querer desfigurar al actor y proclamaría que la nueva
máscara se adapta mal al rostro, que no corresponde, no "cuadra",
sin darse cuenta de que lo que ahora llama rostro no es el rostro
verdadero sino una simple máscara que, con el tiempo, se
ha convertido en familiar, en una "vieja conocida". Para
la gente ya no hay distinción entre el rostro y la máscara
pues, a sus ojos, constituyen una única cosa; y querer cambiar
la máscara equivale para ellos a querer cambiar el rostro.
Sólo la nueva máscara que pro-pone el director es
considerada como una máscara; la antigua, no. Y en vez de
decidir si la nueva es más adaptada que la antigua, como
lo pretende el joven e inovador director escénico, es decir,
en lugar de escoger entre las dos máscaras, la gente considera
que le están proponiendo elegir entre una máscara
y un rostro. Y, lógicamente, frente a esta (falsa) alternativa,
prefiere el rostro más bien que la máscara; lo natural
más bien que lo artificial, lo intuitivo más bien
que lo anti-intuitivo, lo conocido más bien que lo nuevo
(o, como diríamos hoy en día, lo real más bien
que lo virtual). Hasta aquí la metáfora. Supongo que
ya me han visto venir. Al principio, había un fenómeno
por explicar -la conducta- y una explicación propuesta -la
teoría cognitiva, por ejemplo-. Está claro que la
explicación propuesta tiene que encajar más o menos
con el fenómeno que pretende explicar (como una más-cara
debe ajustarse más o menos al rostro del actor) para ser
verosímil. Pero se trata sólo de una explicación
entre otras posibles y, en todo caso, distinta de, no identificable
con, el fenómeno que trata de explicar. Un fenómeno
y su explicación son dos cosas distintas. Y uno puede preferir
otra explicación sin por ello modificar en absoluto la naturaleza
del fenómeno en cuestión. Rechazar un modelo explicativo
no implica en modo alguno rechazar el fenómeno que debe ser
explicado.
Pero si una teoría
explicativa se ha perpetuado durante siglos (gracias, entre otras
razones, a su carácter intuitivo) hasta el punto de que ya
no es per-cibida como una teoría (que puede ser substituída
en cualquier momento por otra) sino como el fenómeno mismo,
resulta evidente que toda nueva teoría aparecerá como
aberrante, como contraria a la evidencia misma, al sentido común
más elemental.
Cuando una conceptualización
se ha confundido hasta tal punto con el fenómeno que intenta
conceptualizar que ha llegado a identificarse con él, a no
formar más que una sola y misma entidad allí donde
en realidad hay dos, en-tonces criticar, negar o combatir tal teoría
equivale a criticar, negar o combatir el fenómeno en cuestión.
Y como que negar el fenómeno no es honradamente posible,
puesto que existe; como que no se establece ninguna diferencia entre
el fenómeno y la teoría secular que lo ha venido conceptualizando,
y por lo tanto no se puede negar ésta sin negar aquél,
entonces resulta honradamente im-posible negar la teoría
en cuestión.
El conductismo no
niega tal o cual fenómeno, como se suele afirmar. Niega su
conceptualización bajo la teoría cognitiva (u otra)
y propone una con-ceptualización diferente para dicho fenómeno.
El problema proviene de la confusión del concepto con la
cosa; y como que la cosa ha sido bautizada con el nombre que le
ha forjado la teoría primitiva (en los dos sentidos de la
palabra), al negar dicho nombre de pila parece ser que se niegue
la cosa en sí, puesto que se hallan íntimamente confundidos
(9).
Por tomar un ejemplo,
el conductismo, cuando discute el concepto de imágen mental,
no discute el fenómeno que los cognitivistas han explicado
con el concepto de imágen mental, sino la conceptualización
cognitiva de dicho fenómeno en términos de imágen
mental. Para darse cuenta de ello es necesario ser consciente de
la diferencia entre ambos (el término y su conceptualización);
y no se trata de un simple matíz; se trata de una diferencia
tan fundamental como la que existe entre un rostro y una máscara.
No es pues de extrañar
que se prefiera una teoría que parece corresponder perfectamente
a un ámbito dado puesto que es a través de las gafas
de esta teoría que se contempla el ámbito. Y se llevan
estas gafas desde hace tanto tiempo que uno se ha olvidado ya de
que las lleva. Y como que son verdes, se ven las cosas verdes, y
se acaba por creer que las cosas son verdes. Y cuando llega el joven
conductismo y propone unas gafas marrón, la gente dice que
las gafas marrón son malas porque con ellas el mundo se vería
marrón, y todos sabemos que el mundo no es marron sino verde.
Y no vale decir a la gente que se quite las gafas verdes y verá
que el mundo no es verde, (ni quizás marrón, pero
que se acerca más al marrón que al verde, por lo que
las ga-fas marrón son, hasta nueva orden, más adaptadas),
porque le van a contestar: "¿Pero de qué gafas
verdes me habla Ud? Si yo no llevo gafas..." "¿Qué
mas-cara? Pero si no lleva máscara..."
Quedan seguramente
muchos otros malentendidos por deshacer. Pero si con este texto
hubiésemos conseguido enderazar algunos de ellos, nos darí-amos
por satisfechos. Ustedes dirán...
(1)
Texto, aumentado y corregido, de la
conferencia pronunciada en la UNED (Madrid) el 17 de mayo del 2002,
lo que explica su carácter coloquial así como la ausencia de bibliografía.
(2)
Ahí está también comprendido pensar, considerado sin embargo como
lo contrario de actuar, que deriva etimológicamente de una conducta:
pesar (evaluar). Del mismo modo que idea, prototipo del concepto
abstracto, "mental", que deriva del griego idea (ver), más explícito
en la palabra latina videre (ver). Mejor aún: teoría, considerada
como la abstracción total, puesto que designa una sucesión ordenada
de elementos abstractos, proveniente del griego teoría: "procesión
ordenada de individuos enviados a una cele-bración religiosa o un
oráculo", donde se encuentra el aspecto de sucesión de elementos
organizados y que se emplea todavía en nuestros días, en su primer
sentido, en una frase (un poco en desuso, cierto) como: "una teoría
de cardinales se avanza lentamente hacia el Papa".
(3)
Véase los diferentes tipos de causalidad (formal, eficiente, etc.)
que Aristóteles distingue.
(4)
No puedo impedirme de aprovechar la ocasión para señalar
hasta qué punto el lenguaje mismo que utilizamos se halla
impregnado por la concepción mentalista y dualista del ser
humano y de su conducta. En efecto, ¿qué quiere decir,
literalmente, "prudentemente"? Ni más ni menos
que "con la mente prudente". Y lo mismo para todos los
adverbios en "mente": clara-mente, amable-mente, maliciosa-mente,
etc. Y el colmo de los colmos lo constituye el adverbio "mentalmente",
es decir, con la mente mental. ¿Quién dijo aquello
de que "el mundo mental miente monumentalmente"? Es por
eso que, en la medida de lo posible, debe preferirse la expresión
"de manera prudente" a "prudente-mente" y, en
general, evitar los adverbios en "mente" (a pesar de que
soy consciente de que, en mi charla, los estoy usando a menudo.
¡Nadie es perfecto!).
(5)
Precisamente hace poco Los Horcones publicaron un papel exactamente
sobre el tema que estamos debatiendo cuyo título era: "Ten acts
of magic", en el cual detallaban magistralmente y con mucho humor
este proceso de "tautologización" en diez actos o etapas de un número
de circo a base de predigistación prestidigitación y magia.
(6)
Para no complicar las cosas, no vamos a introducir aquí la distinción
entre síntoma y signo, el primero siendo algo subjetivo (jaqueca)
y el segundo objetivo (fiebre). De hecho, los tres "síntomas" que
acabamos de enumerar no son síntomas sino signos. Pero como que
cuando se debate de lo que estamos debatiendo siempre se habla de
síntomas, vamos pues a seguir la tradición.
(7)
Y éste es, etimológicamente, el origen del vocablo "personalidad".
En efecto, la conducta del actor era función de su máscara, al igual
que la psicología tradicional pretende que la conducta de un ser
humano es función de su personalidad. Y es que el vocablo griego
para máscara era "persona".
(8)
Algo parecido ocurre con el lenguaje. En efecto, existe una figura
de estilo llamada "catacresis" que consiste precisamente en utilizar
una metáfora tan vieja y familiar que ya nadie se da cuenta, al
usarla, de que es una metáfora (por ejemplo : el pie de la mesa,
la antena de televisión, el brazo de la butaca, la hoja de papel).
(9)
El concepto de " cielo ", por ejemplo, recubre cosas muy distintas
para un astrónomo, un creyente o un pintor. Si el primero afirmase
que no existe, el creyente se indignaria y el pintor lo trataria
de loco o mentiroso ; si el creyente afirmase que la Virgen Maria
subió al Cielo en cuerpo y alma, el astrónomo tendria sus dudas…
Sencillalmente, utilizan la misma palabra para designar conceptos
distintos, y sus conversaciones se transforman en un verdadero diálogo
de locos.