PAF
y ACT son las abreviaturas de Psicoterapia Analítico-Funcional y
de Terapia de la Aceptación y el Compromiso. Traducción la primera
de Functional-Analytic Psychotherapy
y Acceptance and Commitment Therapy, la segunda. Ambas son aportaciones procedentes del Análisis de Conducta
(Baer, Wolf y Risley, 1968) que toman como base los postulados del
Conductismo Radical (Skinner, 1957). Las
dos son terapias verbales fundamentadas en Conducta
Verbal (Skinner, 1953) y en los desarrollos posteriores que
se han realizado y se siguen realizando en la actualidad sobre dicho
tópico con las aportaciones sobre las Relaciones de Equivalencia
(Sidman, 1990) y el seguimiento de reglas (Skinner, 1979).
Ambas
terapias se desarrollan específicamente para el tratamiento de trastornos
del comportamiento en personas adultas verbales. Se centran en la
interacción que se da entre terapeuta y sujeto dentro de la propia
consulta como interacción social, y por lo tanto, contexto social-verbal.
Se busca el cambio en dicho contexto como fin aunque se cuenta con
que la mejora obtenida se extenderá al resto de contextos de la
vida del sujeto. Tal y como plantean Ferro y Valero (1997) para
tener un conocimiento claro y poder llevar a la práctica cualquiera
de las dos terapias de las que se va a hablar en este artículo,
se hace necesario tener una fuerte base sobre análisis funcional
de la conducta, sobre los eventos privados y los públicos, la conducta
verbal, el seguimiento de reglas, las relaciones de equivalencia
y las emociones, los eventos verbal-cognitivos, y el autoconocimiento
desde un planteamiento conductista radical.
Ambas
terapias coinciden en el uso del análisis funcional como medio de
desarrollar la terapia, sin embargo, la PAF tiene un planteamiento
de intervención con más peso en el manejo directo de contingencias
(aunque en buena medida también lo es indirecto) mientras que la
ACT se basa más en el trabajo indirecto por medio de la conducta
verbal (o lenguaje) del cliente (Pérez Álvarez, 1998). El primero
de las terapias se basa en la creación de un contexto en el cual
se da el problema y no sólo se habla de él; mientras que la ACT
se basa en el uso de paradojas, metáforas, descripciones y ejercicios
experienciales con los que se trata de que el cliente experimente
cierto tipo de estimulación (verbal y no verbal) durante la sesión
y genere sus propias reglas.
A
continuación se describen someramente las características de ambas
propuestas terapéuticas. Al lector que desee tener un mayor conocimiento
de las mismas le sugerimos que siga las recomendaciones que se ofrecen
en los párrafos finales. Plantear un estudio exhaustivo de ambas
terapias se sale fuera del propósito introductorio de este artículo
pero ya existen obras en las que se realiza dicho análisis en castellano,
tal es el caso de Pérez Álvarez (1996) y la de Luciano (1999).
Psicoterapia Analítico-Funcional (PAF).
Robert
J. Kohlenberg y Mavis Tsai desarrollaron esta terapia en 1991 como
formalización de una experiencia profesional en la aplicación del
Análisis de Conducta durante más de 15 años a los trastornos comportamentales
vistos en la consulta clínica. Para tal fin, publicaron un texto
(aún no traducido al castellano) en el que recogían las reglas básicas
para aplicar dicha terapia: Functional Analytic Psychotherapy. Creating Intense and Curative Therapeutic Relationships
(Kohlenberg y Tsai, 1991).
Esta
terapia tiene como puntos básicos la utilización del reforzamiento natural, la creación de un contexto social en la propia
sesión terapéutica para que la expresión de emociones se produzca
de forma natural, y el análisis funcional de la conducta verbal
aplicado a la interacción cliente-terapeuta.
No
existe un protocolo de implementación de la terapia. El terapeuta
debe estar atento mediante la observación directa tanto a su comportamiento
como al del cliente. Respecto a su comportamiento deberá ser analizado
tanto como estimulación discriminativa, como elicitador de conducta
respondiente y operante, y también, como reforzador de las conductas
emitidas por el cliente. Respecto al comportamiento del cliente,
el terapeuta debe estar atento durante la sesión para tratar de
observar las conductas clínicamente
relevantes (C.C.R.). Estas son las conductas de interés y sobre
las que se basará la terapia. Los autores distinguen tres tipos
de CCR.
Las
conductas clinicamente relevantes tipo 1 (CCR1) son aquellas conductas relacionadas con el problema que el cliente
presenta en la sesión y cuya frecuencia debe ser reducida a lo largo
de la terapia. Las conductas
clinicamente relevantes tipo 2 (CCR2)
son las conductas que ocurren en la sesión y que suponen una
mejoría en relación al problema por el que acude a consulta. Finalmente,
las conductas clinicamente relevantes tipo 3 (CCR3) son las interpretaciones del cliente sobre su propio comportamiento.
Junto a estas también se incluyen descripciones de la equivalencia
funcional que indican semejanzas entre lo que ocurre en la sesión
y en su vida diaria.
Se
ofrecen una serie de reglas que el terapeuta debe seguir para ser
efectivo en la terapia. Por lo demás, se trata de aplicar el Análisis
Funcional de la Conducta. Las cinco reglas que proponen son:
Regla
1: Buscar las Conductas Clinicamente Relevantes. Esta regla
tiene un papel clave en la terapia. Tanto es así que le dedican
un capitulo completo a ayudar al terapeuta en su labor de búsqueda
de las CCR.
Regla
2: Evocar las CCR. Se trata de establecer durante la terapia
condiciones que originen algún aspecto del problema que presenta
el cliente.
Regla
3: Reforzar las CCR2. Para implementar esta regla se ofrecen
dos planteamientos; uno directo y otro indirecto.
Regla
4: Observar los efectos potencialmente reforzantes de la conducta
del terapeuta en relación con las CCR del cliente.
Regla
5: Ofrecer interpretaciones al cliente sobre las variables
que afectan su comportamiento.
Kolehnberg
y Tsai recomiendan utilizar para evocar las CCR (regla 2) los
elementos típicos de la terapia. Entre otros, plantea estructuración
del tiempo de terapia, las vacaciones del terapeuta, el precio
de la consulta, los fallos o errores del terapeuta, los lapsus
o silencios en la conversación, el feedback positivo y las expresiones
de interés por parte del terapeuta, las características del terapeuta,
los hechos inusuales y los sentimientos y los eventos privados
del propio terapeuta.
Los
autores reconocen la dificultad de ofrecer reforzamiento
natural dentro de la sesión de tratamiento por lo que proponen
dos aproximaciones una directa
y otra indirecta para ofrecer este tipo de reforzadores
contingentes con las CCR2 (regla 3).
La
aproximación directa está
conformada por las recomendaciones de: a) reforzar clases de conductas
en lugar de una topografía de conducta concreta; b) plantear exigencias
que supongan un progreso a partir del comportamiento exhibido por
el cliente en ese momento; c) amplificar
los sentimientos de forma que resulten más evidentes para el cliente
(esto dependerá del caso); d) debe existir cierta implicación
personal en la relación terapéutica con el cliente; e) utilizar
reforzadores arbitrarios sólo si fuera muy necesario y de forma
temporal; f) auto-observar las reacciones espontáneas a las conductas
del cliente y/o plantearse cómo respondería la comunidad en esas
mismas condiciones. La aproximación
indirecta comprende las recomendaciones de que a) el terapeuta
tenga claro que clase de conductas debe reforzar, b) generarse el
repertorio de ser reforzante; y, c) seleccionar a aquellos clientes que se van a
favorecer más de la terapia.
No
se acaban aquí las recomendaciones y pautas para poder seguir cada
una de las reglas que ofrecen los autores por lo que recomendamos
que si se desea poner en practica la PAF se lea detenidamente la
obra original.
Terapia de la Aceptación y el Compromiso (ACT).
Esta
terapia ha sido desarrollada por el equipo de Steven Hayes (Hayes,
Strosahl y Wilson, 1999) de la Universidad de Nevada (EE.UU.). Como
se ha indicado al inicio de este artículo surge como aplicación
práctica de algunos de los hallazgos más recientes en el terreno
del Análisis Experimental
del Comportamiento. Fundamentalmente se basa en la Teoría del Marco Relacional (Hayes y Wilson, 1993). Constituye la
alternativa desde un planteamiento analítico-funcional a las terapias
cognitivas. El equipo de Hayes plantea que el contexto verbal-social
es el responsable de la génesis de los trastornos en adultos verbales.
Hace responsable al apoyo convencional que se le otorga a los eventos
privados como agentes causales. Esto sería así debido a, al menos,
los siguientes tres aspectos del contexto social-verbal normal (Hayes
y Wilson, 1994): (1) El impacto del significado literal y la evaluación.
Se enseña a que la palabra tiene una correspondencia literal con
el objeto o referente de la misma tomando, tal y como se describe
en el fenómeno de la equivalencia estimular, por derivación propiedades que no se corresponden
con el propio objeto. Estas tienen que ver con las valoraciones
subjetivas que se hacen del mismo y que acaban por derivarse al
resto. (2) La asunción generalizada de que el dar razones verbales
es una explicación válida del comportamiento del individuo. Se asume
que emociones y pensamientos describen adecuadamente el propio comportamiento
confundiendo las convenciones sociales con las contingencias ambientales
responsables del evento. Y, (3) el entrenamiento social centrado
en que tanto el control cognitivo como el emocional deben alcanzarse
como medio de disfrutar de una vida satisfactoria. Esto último puede
observarse en expresiones tales como 'los hombres no lloran', 'no
pienses más en ello', 'no le des más vueltas, déjalo ya', etc.
La
ACT está estructurada en seis bloques temáticos esenciales alrededor
de los cuales se articula la intervención terapéutica: 1) el establecimiento
de una desesperanza creativa, 2) el control de los eventos privados como problema, 3) el establecimiento del YO como contexto más que contenido, eligiendo y valorando una dirección, 4)
soltando los esfuerzos/abrazando los síntomas
y, finalmente, 5) el compromiso
y cambio de conducta.
Cada
uno de sus componentes tiene una finalidad dentro del planteamiento
de la terapia: el primero de ellos trata de romper los repertorios
de evitación así como el soporte verbal-social para la evitación.
El segundo, trata de hacer consciente al cliente de las contingencias
que generan y mantienen la evitación. El tercero, trata de establecer
un contexto verbal-social donde la aceptación sea posible y la evitación
innecesaria. Con el cuarto componente se persigue que el cliente
tome contacto con aquello que elige como valioso en su vida. El
quinto componente se plantea para facilitar el moldeamiento directo
de repertorios sin evitación. Finalmente, con el último de los componentes
se pretende que el cliente siga los planteamientos personales que
él mismo eligió y valoró como importantes en su vida, a pesar (o
junto a) los eventos privados que emergen del seguimiento de tales
conductas.
El
propósito de la ACT es tratar la evitación emocional, la
excesiva respuesta literal a los contenidos cognitivos y la falta
de habilidad para comprometerse en un cambio de conducta (Hayes
y Wilson, 1994). Los autores plantean la evitación
experiencial (Hayes, Wilson, Guifford, Follette y Strosahl (1996)
como origen de un buen número de trastornos psicológicos de la vida
adulta. Dicha evitación se caracterizaría por el intento de no experimentar
ciertos eventos privados (sentimientos, pensamientos, recuerdos,...)
al tiempo que se trata de controlar su aparición. Como alternativa
a esta evitación se plantea la aceptación psicológica (ver Ferro, 1998).
La aceptación desde este planteamiento significa no la resignación
ante lo negativo que nos viene dado sino la actuación en la dirección
de los valores de la persona a pesar de los inconvenientes
que conlleve tal actuación. En términos usados en ACT, se trataría
de jugar el juego de la vida.
Aplicaciones prácticas de ambas terapias.
Aunque
realmente algunos de sus componentes ya formaban parte del trabajo
terapéutico de quienes nos hemos dedicado a la clínica desde el
planteamiento del Conductismo Radical, la formalización expresada
tanto en la PAF como la ACT sólo recientemente han comenzado a ponerse
en práctica de cara a comprobar su viabilidad terapéutica real.
Cada vez son más los trabajos que tratan de difundir los resultados
de la aplicación de cada una por separado o de la conjunción de
elementos de una y de otra. Esto último es bastante probable puesto
que, como indica la profesora Luciano (1999) en su imprescindible
análisis de ambas terapias, una y otra son complementarias.
Estas
terapias de forma individual o combinando algunos de sus elementos
se han mostrado efectivas para el tratamiento de conductas depresivas
(Dougher y Hackbert, 1994; Ferro, Valero y Vives, 2000), Ansiedad
Generalizada (Huerta, Gómez, Molina y Luciano, 1998), el Trastorno
de Angustia con Agorafobia (Carrascoso, F.J., 1999), Trastornos
de la Personalidad (Kolehnberg y Tsai, 1991), la aceptación del
dolor físico (Hayes, Bissett, Korn, Zettle, Rsonfarb, Cooper y Grundt,
1999), el exhibicionismo (Paul, Marx y Orsillo, 1999), el trastorno
afectivo con alucinaciones (Molina, F.J.; Luciano, M.C.; Gómez,
I. y Gómez, S., 1999) y comportamientos obsesivos (Ferro y Valero,
1997). Además, se plantea que pueden ser efectivas en el tratamiento
de cualquier tipo de trastorno que implique una evitación experiencial (Hayes y Wilson,
1994) como podemos ver ejemplificado en Ferro (2000). Si tenemos
en cuenta que, como recoge éste último autor, tal conceptualización
podría utilizarse para los trastornos que el DSM engloba dentro
de Desórdenes de Ansiedad, para el abuso de drogas y para los desórdenes
de Personalidad Límite, su potencialidad como terapia de elección
para estos casos se plantea muy interesante.
Para
aquellos que estén interesados en un mayor conocimiento sobre estas
dos nuevas formas de hacer terapia desde un planteamiento estrictamente
conductual, además de a las obras originales publicadas en inglés,
les recomendamos las obras de Ferro y Valero (1998), Luciano (1999),
y Pérez Álvarez (1996); todas ellas publicadas en nuestro idioma.
Esta forma de hacer en terapia supone una sistematización
y presentación formal de lo que se ha dado en llamar Análisis
de Conducta Clínico. Este Análisis de Conducta supone la alternativa
funcional al abordaje mayoritariamente adoptado hoy día: la terapia
de conducta de corte mediacional y fruto del conductismo metodológico (Pérez Álvarez,
1996). El alcance y generalización de su uso, especialmente en España,
es algo que está por verse en un periodo de tiempo no muy dilatado
aunque si que es cierto que comienza a dar sus frutos positivos.
Esperemos que esta breve introducción en este medio sirva para facilitar
el que su conocimiento sea más amplio dentro de la comunidad psicológica
y especialmente, de la que sigue un planteamiento analítico-funcional.
REFERENCIAS:
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(1)
Publicado
inicialmente el año 2000 en la Comunidad de Psicologia de
Recol.es. Reproducido con permiso de Recol Networks.