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La comunicación de los eventos mentales.
Un viejo problema epistemológico.

La comunicación de los eventos mentales

William Montgomery Urday
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Estas diversas ideas falsas acerca de la naturaleza, el carácter del hombre mismo, los espíritus, las fuerzas mágicas, etc., se basan siempre en factores económicos de aspecto negativo... La historia de las ciencias es la historia de la gradual superación de estas necedades, o bien de su sustitución por otras nuevas, aunque menos absurdas.
F. Engels (1890/1983, p. 724)

 


El concepto más antiguo de comunicación se resume como la transmisión de ideas, informaciones y actitudes de una persona hacia otra, siendo obvia la necesidad de uno o varios códigos de los cuales el individuo se puede valer para enviar tales mensajes. De entre esas formas comunicacionales aquella que se usa con más frecuencia es la verbal, cuya mayor virtud es su eficiencia para ayudar al hablante a interactuar con su entorno social de manera efectiva. No obstante, la utilización del instrumento léxico también acarrea graves problemas debido a las características particulares de su índole virtual, la cual surgió históricamente de la necesidad humana de reflejar el mundo y los objetos físicos circundantes, ampliándose con posterioridad —sin transición analítica previa— a fenómenos que, aunque no físicos supuestamente ocurrirían espacialmente “dentro de la cabeza”: los eventos llamados “mentales”.

La supuesta intangibilidad de estos eventos no impidió que para designarlos y describirlos se utilizara la misma categorización que ya se usaba para los fenómenos tangibles, instituyendo, así, mediante metáforas inconvenientes, uno de los mayores y más antiguos embrollos que la humanidad ha conocido y la ciencia todavía no resuelve con facilidad: la leyenda de un mundo fantasmal paralelo al mundo físico, fenómeno que podría denominarse “mitología de la mente”, pseudolegalizada epistémicamente primero por el dualismo cartesiano y después por la creación de una disciplina dedicada al estudio de los “procesos psíquicos”: la psicología tradicional, que por haberse prestado generosas cantidades de terminología de la vida cotidiana se ha vuelto el último y natural puesto de avanzada para los puntos de vista vitalista e indeterminista (Inmergluk, 1977).

En la mayoría de ciencias, el lenguaje acerca de sus objetos es ajeno a la evidencia empírica acerca de ellos. En la psicología tradicional las fronteras entre lenguaje y evidencia respecto al objeto de estudio se transponen, llegando a un estado de confusión. Así, por el hecho de que las expresiones comunicativas convencionales refieren a menudo episodios virtuales, se supone erróneamente que eso les da carta de naturalización y de existencia en un plano distinto al del discurso coloquial, lo que produce innumerables problemas epistemológicos al interior de la disciplina (Ribes, 2001). Resulta indiferente que tal existencia pueda sustancializarse en entidades “espirituales puras”, “interaccionistas” o “cerebrales” (como por ejemplo en las teorías cognitivas de la identidad mente-cerebro y emergentistas), pues el carácter causal, y por lo tanto configurativo de un evento diacrónico dualista, sigue presente en cualquiera de ellas. En cuanto a la definición más extensiva que da el diccionario psicológico de Wolman sobre el concepto de mente (manera característica de pensar, sentir y comportarse), ella misma lo hace innecesario, pues allí por “mente” sólo se quiere significar “comportamiento”.

Según lo demuestra largamente la experiencia histórica y práctica, la manera como el ser humano organiza lingüísticamente su entorno traza los límites psicológicos para su accionar adaptativo y transformador de la naturaleza, tanto a nivel individual como colectivo. Por ello es de suma importancia elucidar los mecanismos comunicacionales que subyacen a la consideración y supervivencia de una multitud de confusiones metafóricas referidas a la mitología de la mente en la psicología y en la cultura modernas, a fin de esbozar posibles medios para revertir sus efectos nocivos, que a nivel teórico extravían, frenan o anulan el avance de la investigación y el planteamiento de los problemas reales, y a nivel aplicativo inducen tecnologías desvinculadas del quehacer científico. En última instancia, a lo único que lleva todo eso es al desprestigio de la psicología.

A la luz de lo manifestado, el presente trabajo busca cumplir los siguientes objetivos: 1) discutir los supuestos del surgimiento y mantenimiento de la ideología mentalista en la ciencia contemporánea, y 2) deliberar sobre una metodología científica tentativa para liberarse de las cadenas lingüísticas que aprisionan la cosmovisión psicológica ligada a constructos mentales.

LA MITOLOGÍA DE LA MENTE

Esbozo histórico

Es conocido, gracias a Marx, que a cada sistema productivo corresponde una superestructura ideológica (ideas políticas, jurídicas, morales, filosóficas, religiosas, científicas, etc.), y ella obra como una matriz de contingencias convencionales que regulan el comportamiento de los individuos concretos. En la historia de la humanidad cada sistema de producción ha ido generando condiciones superestructurales propias, pero la transición de un sistema a otro no es abrupto: es lento y heterogéneo, con avances y retrocesos que conservan rezagos de ideologías correspondientes a estados anteriores. Estos rezagos además se entremezclan con la superestructuras generadas después si las condiciones les son favorables.

De acuerdo con ese complejo proceso, puede decirse que la ideología mentalista surgió en las etapas primitivas de la humanidad vinculándose con el animismo, relacionado a estructuras de producción para las cuales muchas fuerzas naturales eran desconocidas. En la creencia popular, el mundo subjetivo aparece ligado a algo así como un reflejo fantasmal (compuesto por pensamientos, sentimientos e imágenes) de la realidad exterior. Siendo las creencias susceptibles de un aprendizaje social, esto halla terreno fértil de propagación en el sistema de producción capitalista, donde las dotes introspectivas por las cuales se puede hablar de un mundo interior se aprecian como indicios de un individuo responsable de sus actos y movido sustancialmente por intereses personales, según lo supo ver Max Weber en su momento.

La psicología, en sus comienzos de manera abierta, y después encubierta bajo diversos ropajes, recogió esos frutos del sentido común a través del método introspeccionista y sus versiones posteriores (Alcaráz, 1982). La comunicación a través del lenguaje ordinario, que reflejaba y sigue reflejando ese sentido común, moldeó el desarrollo de la ciencia occidental. Ribes (1990, 1999) hace notar al respecto que el pensamiento griego separó conceptualmente las ciencias naturales de otros modos de conocimiento (la ética, la metafísica, la lógica, etc.), sin tener el recurso de un lenguaje técnico que le permitiera delimitar y examinar claramente los problemas derivados. Los patriarcas de la Iglesia y los neoplatónicos se basaron en esas inexactitudes para convertir el concepto aristotélico de alma como acto de la materia, en alma como sustancia de la cual la materia es accidente, cobrando o perdiendo vida por efecto de su ocupación animista.

En el renacimiento se intentó proveer la comunicación técnica requerida por las disciplinas humanas, pero la solución oportunista adoptada para distinguir la ciencia (doctrina del predicado) de la teología (doctrina del ser divino), radicó en cosificar la mente o razón como entidad espiritual sucedánea del alma. Hablar acerca de la mente se convirtió en prueba de su existencia y nació la primera psicofísica, donde el yo era la representación paraóptica del mundo exterior y de las acciones mecánicas del propio cuerpo (dualismo). En este contexto, las operaciones de la mente (percepción, sensación, sentimientos, imaginación, memoria) tomaron vida propia en términos de lo causal interno, explicándose como expresión del cogito creado por Dios para el hombre, oponiendo la “razón” a la materia en la idea ingenua de Descartes.

Ryle llamó “doctrina oficial” a la ideología dualista que impregna desde entonces toda la cultura occidental, advirtiendo que el mito del fantasma en la máquina confunde la representación lingüística de la vida mental con un conjunto de categorías lógicas que, en realidad, pertenecen a otras. Según esa representación se entiende lo mental como un proceso no-mecánico: si las leyes mecánicas explican movimientos en el espacio como efecto de otros movimientos similares, entonces las “leyes mentales” deberían explicar las operaciones no espaciales de la mente como efecto de otras operaciones no espaciales. La contradicción de semejante argumento es clara, como se refleja en la cita siguiente:

La diferencia entre el comportamiento humano que caracterizamos de inteligente y el que describimos como mecánico es de causación. Mientras que algunos movimientos de la lengua y de los miembros humanos son efectos de causas mecánicas, el resto debe ser efecto de causas no mecánicas... Las operaciones mentales tuvieron que ser descritas negando las características atribuidas a los cuerpos: no están en el espacio, no son modificaciones de la materia, no son accesibles a la observación pública. Las mentes no son trozos de un mecanismo de relojería. Son, simplemente, trozos de un no-mecanismo (Ryle, 1949/1967; pp. 21-22).

En suma, la sociedad contemporánea se refiere convencionalmente al mundo subjetivo con lenguajes que, en realidad, son explicaciones metafóricas surgidas de interacciones reales generalizadas desde tiempos pasados. El concepto de alma, por ejemplo, es una extensión lógica del pensamiento en semejantes etapas, trasmitida a la modernidad por el credo religioso vinculado a ciertas contingencias políticas y sociales. Surge de su similitud con el aire: ambos incorpóreos e invisibles, pero a la vez fuerzas motrices confundidas en el aliento (pneuma) humano. La idea inicial viene de San Pablo, quien dividía el alma en spiritus y pneuma. San Ireneo, a su vez, asignó al alma facultades como el entendimiento (contemplación, análisis, comprensión, expresión) y el libre albedrío (Gilson, 1958/1985). No es difícil ver la similitud de estas “facultades espirituales” con las facultades cognitivas postuladas por las corrientes mentalistas modernas.

Igualmente la idea de la separación alma-cuerpo pudo evocarse de la sensación de salir “fuera de sí” que dan los estados emocionales alterados, sobre todo en los rituales religiosos (Alcaraz, 1982). Se necesitan múltiples análisis históricos y conceptuales que demuestren cómo surgieron inclusive las creencias pseudocientíficas acerca de la percepción, la imaginación, la memoria y los sueños (a este respecto véase Ribes, 1990).

Impacto científico actual

La “doctrina oficial” dualista requiere, para su propia conveniencia, no obstante, seguir pensando deterministamente sobre ese mundo mental (¡qué caos habría si no lo hiciera!). Conviven, así, una serie de dicotomías extrañas que toman la forma de paradojas, resueltas al fin mediante una solución de compromiso: el mundo mental o psiquismo simplemente “obedece a causas menos rígidas” que las leyes físicas. La gente cree en el indeterminismo, pero envía sus hijos al colegio para que les enseñen normas y reglas; cree en el libre albedrío, pero basa gran parte de su intercambio comercial en la sugestión subliminal; cree en la responsabilidad personal, pero cuando comete un error suele atribuirlo a causas externas; cree en el destino, pero considera útil planificar cuidadosamente su vida. Como decía Bertrand Russell (1957/1973): “Los creyentes en la voluntad libre siempre creen simultáneamente, en otro compartimiento mental, que las voliciones tienen causas... En la práctica todo nuestro trato con los demás se basa en la suposición de que las acciones del hombre resultan de circunstancias antecedentes” (p. 114).

Y en cuanto a prácticas convencionales incoherentes los psicólogos tradicionales —gente que también cree— no son una excepción al respecto. La cognición se postula teóricamente como una “variable intermedia” o constructo indeterminado pero a la vez determinado “hasta cierto punto” que no se especifica (Bandura, 1984/1987; Wisenfield, 1994), es decir parcialmente aislado de la praxis. La consecuencia de dicha perspectiva —dice Ribes (1982, pp. 30-31)— es la reducción del sujeto a un contemplativo interpretador de la realidad, “con un conocimiento internalizado como mundo de representaciones, cuyas descripciones verbales se constituían en la verificación racional de la existencia de las palabras y conceptos como cosas. Su reificación configuró la mente”.

La creencia en los dos mundos se presenta, en el trabajo profesional del psicólogo, bajo formas disfrazadas en su ejercicio teórico, ligadas, como no, a contingencias de orden socioeconómico que, con su sistema de mecanismos de refuerzo generalizado, pueden asimilar al profesionista. En la misma línea, Sampson (1989), discutiendo el papel ideológico de las representaciones cognoscitivas contemporáneas, explica que su boom paradigmático se relaciona con dos hechos recientes de la historia económica mundial: uno, el renacimiento liberal, que produce un mayor interés por la subjetividad creadora (aunque egoísta) del individuo; y dos, la globalización como fenómeno totalizador de energías centralizadas al servicio de grandes transnacionales, donde la informática (y por tanto la investigación analógica y el uso de su tecnología) es el referente comunicacional básico. Ahí puede encontrarse, en el fondo, la influencia del sistema de producción imperante sobre la superestructura ideológica que sustentaría mucho de la investigación neurocientífica y cognitiva actual, con sus modelos conexionistas del cerebro y de la mente como procesadores de información.

La ideología vigente de la sociedad siembra cosmovisiones de la naturaleza que no suelen ser motivo de reflexión alguna. Sólo se aceptan como axiomas y se juzga todo lo aditivo a la luz de su óptica paradigmática. Así por ejemplo, en la ciencia cognitiva moderna —como indica Belânger (1978/1999)—, la leyenda de la mente se parece a la de la Atlántida: todos se ven obligados a buscarla o a presuponer su existencia, desplegando sesudas y complicadísimas “explicaciones” y neologismos que den cuenta de su misterio. Esto se extiende inclusive a disciplinas afines, como lo muestra un reciente y popular libro del Arqueólogo Steven Mithen (1996/1998) que recoge enredadas ideas de Fodor y Gardner, así como de fuentes más anecdóticas, como las de los llamados “psicólogos de la evolución” L. Cosmides y J. Tooby, que ven la mente como una multifuncional “navaja suiza”. (Para una refutación de las tesis de Fodor sobre la mente modular véase el capítulo X de Tomasini, 1994; pp. 238-243).

El impacto actual de esta mitología se siente particularmente en el rompimiento drástico de la filosofía constructivista con el “positivismo”, que tendría por principales características las afirmaciones de : a) la dependencia subjetiva de los datos respecto al marco de referencia teórica al cual pertenecen, y subsecuentemente, b) el reconocimiento del pluralismo de perspectivas y de otros modos de conocimiento alternativos a la experiencia empírica dentro —saber clínico, correlacional— y fuera — intuición, saber vulgar— de la ciencia. En su aspecto extremo, esto se interpreta como que no hay conocimiento posible al margen de la representación interna de quien lo verifica (Maturana y Varela, 1994), o como que por un lado el eclecticismo y el desorden son los que imperan en la construcción teórica, siendo todo aceptable (Feyerabend, 1970/1985), y por otro lado que los métodos dedicados a la “comprensión heurística” o “vivencial” antes que la descripción y explicación racionales tienen, en ciencias humanas, tanto o mayor grado de validez que los empíricos (Serrano, 1990).

LAS COMPLICACIONES DEL LENGUAJE ORDINARIO

El lenguaje de las metáforas

El lenguaje de las metáforas y las metonimias sirve para una comunicación coloquial fluida. Cuando alguien dice: “tengo un nudo en la garganta” a nadie se le ocurriría revisar el gaznate de quien lo expresa, ni menos intentar desatar el nudo, porque es evidente su valor denotativo figurado. Lo mismo se puede decir de otra expresión: “mi amigo es un pan de Dios”, donde está claro el concepto de lo que se quiere decir. Pero hay otra clase de metáforas menos claras que impregnan el habla ordinaria. Por ejemplo, “tengo una idea” no está expresando lo mismo que al decir “tengo un lapicero”, pero atiéndase en este ejemplo a la función del predicado hecho sustancia: “la tengo” significa que “la poseo”, “es mía”, y la “guardo” en algún lugar, quizá para “sacarla” en el momento conveniente. “Una” idea da a entender que no son dos ni tres, o sea que puede delimitarse espacialmente y contarse como si fuera un objeto físico.

En el último caso metafórico señalado no habría ningún problema si, como en los dos primeros, se vinculara el significado de las palabras únicamente al contexto que define la interacción. Sean cuales fueren las metáforas, lo cierto es que sirven al objetivo fundamental que es la práctica de la comunicación episódica, su función es esa y no tiene por qué buscarse significados extraños al contexto en que se emiten (Wittgenstein, 1953/1988). El problema surge cuando al tratarse de la comunicación de fenómenos “mentales” se extiende su denotación a contextos categóricos diferentes y, lo que es peor, como descriptivos de mundos diferentes.

En este sentido, lo que caracteriza a las expresiones mentalistas es separar las palabras de su origen primitivo —inicialmente ligado a descripciones conductuales reales—, para reificarlas en eventos con carácter causal que ocurren en algún lugar de la “interioridad” del individuo: su espíritu, su mente o su cerebro. Como advierte Tomasini (1994): “Por más que se analicen chips o se abran cráneos, no se encontrará allí «pensamiento», como no se encontrará significado en un signo, aunque se le examine con lupa. Es un error categorial... pretender buscar el pensamiento en alguna parte” (p. 225).

El repertorio de términos “técnicos” de la psicología tradicional se halla plagado de tales defectos. Dichos términos, al ser reificados como sucesos existentes independientemente de las circunstancias en que se utilizan, pierden significación empírica y univocidad, por lo que frecuentemente tienen que recuperarse insertándolos en modelos teóricos donde la circularidad de las definiciones y su anfibología se diluyan en un océano de afirmaciones axiomáticas. Como ejemplo de enunciados vagos y axiomáticos a la vez, véanse la siguientes afirmaciones de un psicólogo dinámico:

Se ha demostrado que la mente humana es un órgano de transformación, siendo su función hacer símbolos (imágenes, palabras) de las cosas, combinarlos y recombinarlos incesantemente y expresarlos en una variedad de lenguajes discursivos (referenciales) y expresivos (emotivos). (Murray, 1938/1984, p. 106)

En la mención citada se llama a la mente un “órgano de transformación”, vale decir una especie de portavoz (ese es el significado más cercano de “órgano” en el diccionario para dicha expresión)... ¿de quién? Evidentemente, salvo que exista sin cuerpo, del individuo que la “usa” con la función de producir símbolos y otras operaciones muy sofisticadas. Pero el embrollo se hace patente cuando se pregunta, con base en esa distinción entre mente e individuo, qué es lo que finalmente hace la función: ¿la mente o el individuo? ¿la primera por “encargo” del segundo? ¿ambos a la vez? ¿cómo hace funcionar su mente el individuo?, ¿mediante otro “órgano” especial acaso? y ¿cuál sería su mecanismo si los símbolos y operaciones sólo son propias de la función mental? Podrían hacerse otra media docena de preguntas a cual más complicadas sobre tan embrollado asunto.

Otra paradoja más actual se nota en la postura de un influyente psicólogo socialcognitivo respecto a lo que llama “determinismo recíproco” entre el ambiente, la acción y la cognición (Bandura, 1986/1987). Franks (1991) pone en evidencia la falta de claridad de dicha perspectiva:

¿Cómo explica el determinismo recíproco la manera en que las acciones humanas afectan al ambiente? Si los principios que gobiernan este proceso no son diferentes de los que gobiernan la influencia del ambiente sobre la conducta humana, entonces no queda claro qué añade el determinismo recíproco a la libertad humana. Por otro lado, si estas influencias son distintas no queda claro qué principios adicionales gobiernan la interacción conducta-ambiente. (p. 17)

Cuando se analizan con cuidado las disquisiciones de los psicólogos tradicionales se descubren una serie de sinsentidos que hacen pensar en la razón por la cual pueden tener tan grande acogida (por el momento) entre la comunidad profesional. Una respuesta parcial es el alto contenido emotivo y de simplicidad conceptual que tiene el lenguaje mentalista, estímulo discriminativo que actúa evocando en las personas estados de “comodidad” y actitudes de identificación.

Asistematicidad teórica que complica la comunicación técnica

Algo que signa el devenir de las interpretaciones cognitivistas es la especulación en base a multitud de constructos lingüísticos y analógicos con un anclaje empírico reducido, advirtiéndose una flagrante contradicción entre lo que el psicólogo de esa tendencia observa y manipula mediante sus operaciones, y su manejo interpretativo-verbal de tales datos, hablando de un objeto de estudio y de clases de eventos que nada tienen que ver con lo que observó y manipuló (Kantor, 1963/1990). Eso se debe en parte al grado de asistematicidad teórica que impera en tales predios.

Toda teoría requiere criterios taxonómicos que, abstrayendo aspectos comunes de lo vario, configuren sistemas internamente coherentes como un tejido de variables y relaciones. En las variantes de la mitología mental falta esa coherencia, interpretándose la información en base a criterios aislados que afloran a la atención del investigador en un momento dado, en vez de presentarse como resultado del conjunto de elementos de juicio resultantes de su marco de referencia.

Así, se salta de un nivel a otro y se pasa de un estrato de observación a otro de teorización sin haber manipulado los eventos ni haber hallado leyes predictivas en función a las cuales categorizar los constructos. La escasa fiabilidad de tales procedimientos ocasiona comunicaciones defectuosas que tienen escasa vinculación con datos y observaciones, dificultando el entronque entre: a) las predicciones y los acontecimientos posteriores, b) las implicaciones de cada afirmación con las de otras, y c) las afirmaciones, generalizaciones e hipótesis antiguas con las recientes (Montgomery, 1998).

Hay, pues, dos problemas a los que debe darse solución especializada: 1) el escaso rigor de la comunicación psicológica, y 2) la falta de consistencia en la construcción teórica, que no favorece dicha comunicación.
Finalmente, también es necesario redefinir lo que se entiende por “comportamiento cognitivo” y puntualizar las diferencias con las asunciones tradicionales sobre aquello.

En el siguiente parágrafo se postularán las posibles soluciones.

SOLUCIONES: ANÁLISIS DEL LENGUAJE Y REGLAS DE CONSTRUCCIÓN TEÓRICA

El análisis del lenguaje psicológico

En otro lugar he dicho que en cuestiones epistémicas parece funcionar mejor saber lo que no hay que hacer antes que lo contrario, así que es mejor acudir al parsimonioso razonamiento de la filosofía analítica del lenguaje para elucidarlas (Montgomery, 2002). Esta no es la excepción.

El primer gran esfuerzo por prevenir errores y malentendidos ocasionados por el lenguaje mentalista en la filosofía y en la psicología proviene de Rudolf Carnap (1932/1965). Aunque caída en descrédito por su aparente rigidez e inaplicabilidad, su posición sobre el análisis lógico del lenguaje científico resulta, en el sentido rigurosamente técnico, poco refutable. Dice por ejemplo que cada palabra del lenguaje se retrotrae a otras y finalmente a las que aparecen en las proposiciones observacionales o “protocolares”, siendo a través de ese retrotraimiento que adquieren su significado las palabras. Por ello propone que las condiciones para que una palabra dentro de una proposición tenga significado son: 1) que sus notas empíricas sean conocidas, 2) que haya sido estipulado de qué proposiciones protocolares es derivable, 3) que sus condiciones de verdad hayan sido establecidas, y 4) que su método de verificación sea conocido.

Alerta al carácter engañoso del lenguaje ordinario, Carnap muestra cómo aparecen proposiciones sin sentido (por ejemplo “la nada existe”) a partir de construcciones gramaticales de proposiciones con sentido (figura 1):

Por encima del positivismo lógico, Wittgenstein (1953/1988) arguye, sin embargo, que los diferentes lenguajes utilizados para representar el mundo no son ni “correctos” ni “incorrectos”, pues su significado está en función al contexto convencional del cual emergen. A fin de entender lo que alguien quiere decir hay que comprender en que clase de “juego de lenguaje” participa. Las personas, según el filósofo austriaco, usan las expresiones lingüísticas como juegos específicos a cada situación o actividad, con reglas flexibles o hasta indeterminadas en el habla comunal. No tienen un propósito fuera de la comunicación misma o del discurso personal. Son instrumentos al servicio de una forma de vida. Hay incontables clases de juegos, todos susceptibles de varios usos.

No obstante, el uso incongruente de las expresiones lingüísticas en relación con las reglas gramaticales de la comunidad (y a esta categoría pertenecen los términos mentalistas) invalida su aceptabilidad como referentes de comunicación. Los eventos “mentales” no son referibles con respecto a un criterio de compartir la experiencia, pues la experiencia personal que dicen reflejar no puede ser “privada” desde el momento en que su adquisición es pública (convencional). Lo referible es el comportamiento y las disposiciones para actuar, por lo que no hay ninguna “esencia detrás del fenómeno”, hablar de “actividades mentales” es hablar de diferentes formas de comportarse consigo mismo y con situaciones particulares, analizables caso por caso (como lo hacen el mismo Wittgenstein y también Ryle (Ribes, 2001).

Ribes (1990) sistematiza las propuestas de ambos filósofos para evitar el uso irresponsable de la comunicación de eventos mentales en la órbita especializada, sobre todo en el planteamiento de problemas de investigación. De éste análisis surgen nueve clases lingüísticas cuya distinción preveniría muchos embrollos:

1) Las categorías de logro identifican resultados obtenidos mediante acciones, pero no las acciones mismas. Por ejemplo el “aprender”.

2) Las categorías modales implican descubrir posibilidades de logro, estados o capacidades. Por ejemplo decir que alguien “puede” hacer ciertas cosas si se lo propone, si se lo enseñaran o si lo ha aprendido.

3) Las categorías de relación expresan sucesos conectados entre sí que no podrían darse por separado, ni son acciones. Verbigracia: “pensar [en algo]” siempre requiere una materia o situación conjunta.

4) Las categorías de circunstancias se refieren al contexto especial en que se realiza una acción, como “mirar” y “recordar” por ejemplo, que precisan una situación estímulo que evoque tal conducta.

5) Las categorías adverbiales cualifican acciones: decir “leo mientras pienso” ejemplifica esto, pues no se emiten dos acciones distintas sino que es una manera de referirse al comportamiento de leer.

6) Las categorías de estado describen sensaciones y emociones, tanto como las condiciones en que se encuentra el individuo al hacer o padecer algo, como “sentir”, o “estar decepcionado”.

7) Las categorías efecto identifican respuestas entre objetos y acciones ajenas al individuo. Por ejemplo decir “toqué su mano”.

8) Las categorías de acción denotan formas de conducta específica en términos de relación física. “correr” o “escribir” por ejemplo.

9) Las categorías de tendencia aluden a posibilidades de que alguien emita ciertas acciones o se den determinadas circunstancias, como decir “quizá llegue mañana” o “quiero jugar”.

La recurrencia a este tipo de examen lingüístico prevendría la creación de problemas derivados de la caracterización mentalista en los eventos psicológicos. Eso puede completarse con un análisis funcional de la conducta verbal autoclítica como el que realiza Skinner (1957/1981), en el cual indica que el individuo, gracias a la posibilidad de emitir tactos sobre otros tactos, puede referirse a respuestas potenciales (“quisiera”), relacionales (“pienso que...”), discriminativas (“estoy en...”), de efecto en presente y futuro (“hago” o “haré”), a variables que controlan su conducta (“prefiero el ajedrez antes que el fútbol porque...”) y al grado de probabilidad que tienen (“¿lo lograré algún día?”). En cualquier caso, queda claro que, en gran parte, a nivel humano el carácter de las contingencias es mediado por los procesos lingüísticos y simbólicos. El lenguaje, al posibilitar mensajes acerca de objetos y sucesos que no están presentes, e incluso que no existen, crea campos mediadores sustitutivos que simulan un mundo real, como cuando la gente habla de pensamientos, deseos, sentimientos, etc.; y les atribuye una existencia independiente de las condiciones del entorno que provocan sus efectos.

Reglas de construcción metateórica

En la comunicación la ciencia exige orden, y para lograrlo se necesita no solo aclarar las complicaciones del lenguaje que se utiliza, sino también explicitar el sistema teórico a que pertenecen. Es evidente que toda investigación o conceptualización rigurosa parte de esa etapa de conocimiento previo cuya presentación y exposición se halla relativamente consolidada, y que, aunque el investigador no sea consciente de ello, influencia su elección del tema, sus planteamientos, hipótesis, procedimientos e interpretaciones. Ordenar el asunto supone postular una forma de urdimbre estructural que permita seleccionar los atributos y relaciones que son pertinentes a la inclusión de un objeto de estudio científico, así como formular las especies, definiciones y normas elementales para distinguir sus clases de eventos, datos y procedimientos (Ribes, 1982). En suma, aportar una condición unitaria que hace que cualquier elemento sea rápida y seguramente conectado con el resto de la jerarquía tanto en forma ascendente como descendente, y posible de comunicar en forma técnica.

Graficar campos complejos de interacciones supone articular lo molecular (descripciones atomísticas y cuantitativas vinculadas a propiedades observables de relación causal o covariante entre hechos) con lo molar (explicaciones holísticas y cualitativas que integran cantidades de datos empíricos y teóricos). Ambos modos de configuración, que pueden denominarse respectivamente nomopragmáticos y nomológicos, son de naturaleza complementaria.

De acuerdo con la construcción estándar de una teoría científica en psicología, lo usual es secuenciar etapas de lo inferior (eventos independientes de la observación) a lo superior (investigación, análisis, conceptualización), y viceversa, en forma de “árbol” donde el lenguaje de comunicación de datos (eventos individuales) debe estar en un continuo con el lenguaje teórico (constructos de relaciones), de manera que refleje su estricta correspondencia. Las reglas pertinentes han sido explicitadas de un modo más o menos similar por epistemólogos de la psicología con orientación conductual —Feigl, Kantor, Arnau, entre otros—, siguiendo los principios de causalidad (ciertos eventos dan lugar a la aparición o cambio de otros), progresión jerárquica (no se puede saltar a un nivel de desarrollo sin haber finiquitado los anteriores) y parsimonia (se prefiere siempre la explicación más sencilla del proceso).

En otros lugares (Montgomery, 1998; 2003, 2005), basándose en las fuentes anteriormente señaladas se explica y esquematiza con detalle cada uno de los niveles de construcción teórica (ver tabla 1).

Las normas aludidas no nacen de la invención abstracta de individuos particulares, sino del esfuerzo colectivo de los expertos por objetivar los procedimientos de recolección e interpretación de datos. La larga experiencia científica ha seleccionado históricamente por ensayo y error las pautas más adecuadas, y ninguna reflexión desvinculada del quehacer concreto debiera tener el peso para violar su reglamentación.

Las teorías mentalistas no siguen esas reglas, ateniéndose con toda libertad a la especulación que crea “categorías” sin base. En general, se salta de un nivel a otro y se pasa de un estrato de observación a otro de teorización sin haber manipulado los eventos ni haber hallado leyes predictivas en función a las cuales se categorizan los constructos. La escasa fiabilidad de esos procedimientos ocasiona comunicaciones defectuosas, pobremente vinculadas con datos y observaciones, lo que dificulta predecir, relacionar cada una de las afirmaciones con otras, y generalizar e hipotetizar con base sólida.

A menudo se trata de justificar la postulación de entidades mentalistas recurriendo a ejemplos dados por otras ciencias, como la física y la biología, donde se usan constructos “inobservables” para explicar fenómenos diversos. Señala Belánger (1978/1999) que la analogía es incorrecta, pues dichos constructos suelen ser no más que constituyentes elementales de los fenómenos o sus relaciones (genes, átomos, etc.), y como tales tienen un estatus ontológico similar al de las entidades “observables” que tratan de explicar. Eso no sucede en psicología, porque allí el carácter de los constructos mentales se halla en un plano ontológico radicalmente distinto al del comportamiento.

Al centro de este tema se encuentra la elección de un objeto de estudio adecuado a la eficiencia de una estructura de construcción paradigmática. En psicología tal objeto no puede ser otro que la conducta, que resume aspectos de constructo y evento a la vez. En tanto tal es definida como interacción del individuo con su entorno físico, biológico y social, integrando por tanto lo cognoscitivo, lo afectivo y lo motor como propiedades de su ejercicio en acto, no como entidades separadas de la interacción ni menos predominantes sobre ella (Ribes, 2000). Como decía Marx en su segunda Tesis sobre Feuerbach: “El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico”. La conducta no requiere de una mediación “mental” para constituirse en conocimiento, puesto que tal mediación tendría que ser interactiva (aislada de la práctica), y epistémicamente egocéntrica (el sujeto centrado en sí mismo y en su acción). Está demás decir que hasta los más connotados teóricos de las orientaciones mentalistas aceptarían que el proceso básico de desarrollo en la historia de cualquier ciencia es el descentramiento de la relación sujeto-objeto, lo que llevado a su consecuencia natural significa romper con la categoría idealista del sujeto como origen, esencia y causa, responsable en su interioridad de la determinación del “objeto”.

El comportamiento cognoscitivo: Puntos de discusión

¿Cómo redefinir los eventos cognoscitivos sin recurrir a explicaciones mentalistas? La estructuración de los repertorios cognoscitivos puede examinarse —y de hecho los conductistas ya lo están haciendo hace tiempo en este sentido—, como extensas constelaciones de desempeños aprendidos en un ambiente específicamente humano (interacciones contingenciales lingüísticas y simbólicas), aun aceptando que en la base de muchos de ellos hay un sustrato biológico-disposicional (factor interviniente en la contingencia también) que puede facilitar o interferir su grado de desarrollo ontogénico. En semejantes tareas sería útil para un analista conductual contar con los datos aportados por investigadores dedicados exclusivamente al estudio conexionista del procesamiento de información y de las experiencias subjetivas —eso es lo que proponen, por ejemplo, Staddon, Staats o Rachlin (Pérez-Acosta, Guerrero y López, 2002)—, a fin de integrarlos a un marco conceptual y empírico de mayor amplitud. Como señalan Mahadevan, Malone y Bayley (2002) en su estudio conductista de la memoria excepcional: “Radical behaviorism and cognitive psychology may be using different terminology and to an extent, perhaps they are different ways of expressing much the same thing” (p.12).

Pero aun desde una posición flexible, hay puntos de fuerte discrepancia conductual con las corrientes que favorecen explicaciones mentalistas. Entre ellos están: 1) el papel que juega el lenguaje en la estructuración cognoscitiva, 2) la consideración de las interacciones individuo-entorno como determinantes, y también 3) el carácter aprendido de la cognición.

Dichos puntos se desarrollan en seguida:

1) La importancia del ambiente lingüístico como contexto significativo, vale decir, de las contingencias simbólicas convencionalmente aprendidas, es determinante por sobre las redes lógicas “subyacentes a los procesos cognoscitivos”, en la estructuración del comportamiento humano complejo.

Para la visión tradicional tanto el pensamiento como el lenguaje forman parte de una “función simbólica” preexistente, evolucionada de la asimilación sensoriomotriz. Hay una lógica prescindente del apoyo lingüístico en su constitución que sería demostrable por el desarrollo de una operatividad casi normal en los sordomudos, mientras que en los ciegos de nacimiento hay problemas pese a contar con el ejercicio del habla. Pero en la interpretación constructivista de estos resultados hay una falla de origen, al desdeñar el papel de las respuestas motoras del alfabeto de los sordos, que poseen funciones semejantes al lenguaje. El control multimodal de las cinestesias visomotoras tiene un valor discriminativo mucho más sensible a las contingencias y a otras condiciones proximales que la emisión de sonidos, por lo que no es de extrañar la supremacía de la aptitud interactiva de los sordomudos sobre los ciegos. Esta explicación puede extenderse también al famoso experimento de Ranken sobre el papel de la nominación versus la imaginación en la codificación de formas, frecuentemente aducido para relievar lo que llaman “aspectos no lingüísticos” del pensamiento.

En realidad, el fenómeno lingüístico se presenta como una aptitud interactiva de los individuos que comparten normas y convenciones dentro de ambientes sociales-institucionales, siendo, como episodio, irreductible al uso de palabras o expresión de contenidos mentales, pero si sustitutivo de interacciones directas (Cortés y Delgado, 2001). Sin lenguaje (entendido como multiestimulación social) es sencillamente imposible la emergencia de procesos “superiores” tal como se dan en su más alta expresión. En este sentido, las vertientes conductistas coinciden básicamente con las elaboraciones de Vigotsky y Luria, quienes hacen énfasis en el contexto sociohistórico y estimulativo significativamente humano (convencional) que envuelve todas las relaciones que un individuo contrae desde sus primeras etapas de desarrollo (incluso se ha sugerido que a ese contexto de prácticas culturales en compleja interrelación con los repertorios individuales e interindividuales se le llame “metacontingencia”: Glenn, 1991), La conducta como interacción es el contenido funcional del lenguaje, comprendido además como “ámbito funcional” del comportamiento humano (Ribes, 1994). Si bien sería posible “pensar sin lenguaje” en el sentido en que, por ejemplo, un chimpancé o un perro “piensan”, en el mundo social humano todo es simbólico y lingüístico per se.

2) El abordaje teórico-metodológico de los fenómenos cognoscitivos como formas de interacción, por oposición a su estudio como entidades internas. En el análisis de Mares (2001), la metáfora interno-externo enmascara el hecho de que la ocurrencia de cualquier evento psicológico resulta de una serie de evoluciones. Lo psicológico es, así, una relación históricamente construida y por lo tanto inubicable en dimensiones físicas tanto como no-físicas. Lo que sí implica es la participación conjunta del sujeto y el entorno en dicha construcción. Al ser interacciones, los fenómenos cognoscitivos se estudian como conexiones entre desempeños específicos y situaciones específicas. Separar su mecanismo del hacer funcional inmediato es crear entidades internas y supranaturales a las cuales no queda más que atribuirles “poderes” autónomos, o bien, resignarse a objetivar sus productos a través de otras disciplinas (reduccionismo lógico, cibernético, lingüístico, neurobiológico, etcétera).

La opción interactiva exige analizar conceptual y empíricamente cómo y en qué condiciones un fenómeno “público” (captado por un observador) se vuelve “privado” (captado directamente por el sujeto), para no apoyarse en abstracciones trascendentales o ajenas a las relaciones funcionales que conforman un episodio contingencial. Dos pautas se derivan de ella: a) considerar que los principios conductuales son los mismos que rigen a nivel “privado” y a nivel “público”, b) esclarecer las contingencias multifactoriales en que se da el evento en cuestión.

Por ejemplo, la inteligencia tiene por características fundamentales el mostrar ciertas habilidades funcionales relacionadas con el desarrollo aptitudinal del individuo y con la complejidad del entorno con que se enfrenta. El comportamiento inteligente no es un hacer repetitivo, sino variado. Se configura y se moldea por contingencias diferenciales de reglaje o prescripción comprobables mediante el estudio de la equivalencia (surgimiento de nuevas clases de respuestas) y la transferencia (paso del control que ejerce un conjunto de estímulos a otro), a través de los paradigmas experimentales de intromisión del estímulo (Sidman, 2000) e igualación de la muestra (Tena, Hickman, Moreno, Cepeda y Larios, 2001).

3) El origen aprendido de lo cognitivo, por oposición al origen innato. Para un conductista el pensamiento, la memoria, la inteligencia, la percepción, etc.; son rótulos sintéticos que se le ponen a ciertos conjuntos de habilidades adquiridas en interacción con diversos entornos, que se han ido enriqueciendo y refinando en el transcurso de un cierto número de contactos organismo-ambiente. Estas constelaciones de habilidades se configuran como disposiciones cuyo grado de presencia modula o regula el carácter de los desempeños interactivos del individuo en diferentes momentos o estadios aptitudinales de su desarrollo (Corral, 1997; Vanderbeeken y Weber, 2002). Los mecanismos básicos que envuelve ésta concepción son diversos y comprobables mediante la experimentación: por ejemplo, en su nivel más simple, es evidente que las respuestas sensoriales son aprendidas a través del condicionamiento clásico, y a su vez pueden ser condicionadas a cualquier otro estímulo. Así, las imágenes sensoriales pueden mediar o generar otras interacciones a manera de ED disposicionales.

Una vez aprendidas multitud de secuencias lingüísticas (tanto ordinarias como formales), el propio individuo puede evocarse emociones, imágenes, reforzadores y ED en general. Mediante estas constelaciones de disposiciones y habilidades puede condicionarse a sí mismo y rotular su propia conducta (autoconcepto), así como sus capacidades (autoeficacia) y concepciones de los mundos físico, biológico y social, lo que afecta(rá) las formas en que se interrelaciona(rá) con aquellos. En suma, los repertorios complejos previamente aprendidos le permiten, entre otras cosas, ejercer su imaginación, pensar, razonar, planear e inferir (Staats, 1996/1997). Todo ello dentro de un ambiente histórico y situacional mediado por diversos campos de contingencias de multiestimulación vicaria.

CONCLUSIÓN

En la psicología tradicional el lenguaje acerca del objeto y el objeto mismo se confunden, extrayendo de su contexto y otorgando existencia virtual eventos mentales referenciados coloquialmente. Se origina así una mitología mentalista cuya confusión ideológica (en términos de falsa consciencia) impregna también la comunicación científica y epistémica, extraviando los conceptos y haciendo surgir un sinnúmero de términos pseudotécnicos que tienen poco que ver con la realidad, lo cual afecta por igual los planos lógico, metodológico y aplicado del quehacer científico.

Dos razones fundamentales para el mantenimiento de tal situación son, por un lado, la intervención de sentimientos con los que se autoidentifican los individuos, y por otro lado, la asistematicidad y el desorden teórico imperante, que permite usos conceptuales y lingüísticos transgresores de principios científicos elementales, como los de la causalidad, progresión y parsimonia. Para superar esta problemática se proponen soluciones complementarias: 1) el análisis exhaustivo de los usos de la comunicación lingüística que refiere términos mentales extraídos del habla popular y los convierte en tecnicismos psicológicos, y 2) el seguimiento más preciso de reglas para la construcción teórica, con el fin de integrar contextos empíricos y conceptuales en una continuidad secuencial.

Debe haber asimismo especial atención a un objeto de estudio adecuado a la disciplina: el comportamiento, concebido como interacción históricamente construida entre el individuo y su ambiente. En consonancia con ésto, hay que redefinir el carácter de la “cognición” y su rol en el comporamiento desde un marco no mentalista, sino interactivo.

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