Estas
diversas ideas falsas acerca de la naturaleza, el carácter
del hombre mismo, los espíritus, las fuerzas mágicas,
etc., se basan siempre en factores económicos de aspecto
negativo... La historia de las ciencias es la historia de la gradual
superación de estas necedades, o bien de su sustitución
por otras nuevas, aunque menos absurdas.
F. Engels (1890/1983, p. 724)
El concepto más antiguo de comunicación se resume como
la transmisión de ideas, informaciones y actitudes de una persona
hacia otra, siendo obvia la necesidad de uno o varios códigos
de los cuales el individuo se puede valer para enviar tales mensajes.
De entre esas formas comunicacionales aquella que se usa con más
frecuencia es la verbal, cuya mayor virtud es su eficiencia para ayudar
al hablante a interactuar con su entorno social de manera efectiva.
No obstante, la utilización del instrumento léxico también
acarrea graves problemas debido a las características particulares
de su índole virtual, la cual surgió históricamente
de la necesidad humana de reflejar el mundo y los objetos físicos
circundantes, ampliándose con posterioridad —sin transición
analítica previa— a fenómenos que, aunque no físicos
supuestamente ocurrirían espacialmente “dentro de la
cabeza”: los eventos llamados “mentales”.
La supuesta intangibilidad
de estos eventos no impidió que para designarlos y describirlos
se utilizara la misma categorización que ya se usaba para los
fenómenos tangibles, instituyendo, así, mediante metáforas
inconvenientes, uno de los mayores y más antiguos embrollos
que la humanidad ha conocido y la ciencia todavía no resuelve
con facilidad: la leyenda de un mundo fantasmal paralelo al mundo
físico, fenómeno que podría denominarse “mitología
de la mente”, pseudolegalizada epistémicamente primero
por el dualismo cartesiano y después por la creación
de una disciplina dedicada al estudio de los “procesos psíquicos”:
la psicología tradicional, que por haberse prestado generosas
cantidades de terminología de la vida cotidiana se ha vuelto
el último y natural puesto de avanzada para los puntos de vista
vitalista e indeterminista (Inmergluk, 1977).
En la mayoría
de ciencias, el lenguaje acerca de sus objetos es ajeno a la evidencia
empírica acerca de ellos. En la psicología tradicional
las fronteras entre lenguaje y evidencia respecto al objeto de estudio
se transponen, llegando a un estado de confusión. Así,
por el hecho de que las expresiones comunicativas convencionales refieren
a menudo episodios virtuales, se supone erróneamente que eso
les da carta de naturalización y de existencia en un plano
distinto al del discurso coloquial, lo que produce innumerables problemas
epistemológicos al interior de la disciplina (Ribes, 2001).
Resulta indiferente que tal existencia pueda sustancializarse en entidades
“espirituales puras”, “interaccionistas” o
“cerebrales” (como por ejemplo en las teorías cognitivas
de la identidad mente-cerebro y emergentistas), pues el carácter
causal, y por lo tanto configurativo de un evento diacrónico
dualista, sigue presente en cualquiera de ellas. En cuanto a la definición
más extensiva que da el diccionario psicológico de Wolman
sobre el concepto de mente (manera característica de pensar,
sentir y comportarse), ella misma lo hace innecesario, pues allí
por “mente” sólo se quiere significar “comportamiento”.
Según lo demuestra
largamente la experiencia histórica y práctica, la manera
como el ser humano organiza lingüísticamente su entorno
traza los límites psicológicos para su accionar adaptativo
y transformador de la naturaleza, tanto a nivel individual como colectivo.
Por ello es de suma importancia elucidar los mecanismos comunicacionales
que subyacen a la consideración y supervivencia de una multitud
de confusiones metafóricas referidas a la mitología
de la mente en la psicología y en la cultura modernas, a fin
de esbozar posibles medios para revertir sus efectos nocivos, que
a nivel teórico extravían, frenan o anulan el avance
de la investigación y el planteamiento de los problemas reales,
y a nivel aplicativo inducen tecnologías desvinculadas del
quehacer científico. En última instancia, a lo único
que lleva todo eso es al desprestigio de la psicología.
A la luz de lo manifestado,
el presente trabajo busca cumplir los siguientes objetivos: 1) discutir
los supuestos del surgimiento y mantenimiento de la ideología
mentalista en la ciencia contemporánea, y 2) deliberar sobre
una metodología científica tentativa para liberarse
de las cadenas lingüísticas que aprisionan la cosmovisión
psicológica ligada a constructos mentales.
LA MITOLOGÍA
DE LA MENTE
Esbozo histórico
Es conocido, gracias
a Marx, que a cada sistema productivo corresponde una superestructura
ideológica (ideas políticas, jurídicas, morales,
filosóficas, religiosas, científicas, etc.), y ella
obra como una matriz de contingencias convencionales que regulan el
comportamiento de los individuos concretos. En la historia de la humanidad
cada sistema de producción ha ido generando condiciones superestructurales
propias, pero la transición de un sistema a otro no es abrupto:
es lento y heterogéneo, con avances y retrocesos que conservan
rezagos de ideologías correspondientes a estados anteriores.
Estos rezagos además se entremezclan con la superestructuras
generadas después si las condiciones les son favorables.
De acuerdo con ese
complejo proceso, puede decirse que la ideología mentalista
surgió en las etapas primitivas de la humanidad vinculándose
con el animismo, relacionado a estructuras de producción para
las cuales muchas fuerzas naturales eran desconocidas. En la creencia
popular, el mundo subjetivo aparece ligado a algo así como
un reflejo fantasmal (compuesto por pensamientos, sentimientos e imágenes)
de la realidad exterior. Siendo las creencias susceptibles de un aprendizaje
social, esto halla terreno fértil de propagación en
el sistema de producción capitalista, donde las dotes introspectivas
por las cuales se puede hablar de un mundo interior se aprecian como
indicios de un individuo responsable de sus actos y movido sustancialmente
por intereses personales, según lo supo ver Max Weber en su
momento.
La psicología,
en sus comienzos de manera abierta, y después encubierta bajo
diversos ropajes, recogió esos frutos del sentido común
a través del método introspeccionista y sus versiones
posteriores (Alcaráz, 1982). La comunicación a través
del lenguaje ordinario, que reflejaba y sigue reflejando ese sentido
común, moldeó el desarrollo de la ciencia occidental.
Ribes (1990, 1999) hace notar al respecto que el pensamiento griego
separó conceptualmente las ciencias naturales de otros modos
de conocimiento (la ética, la metafísica, la lógica,
etc.), sin tener el recurso de un lenguaje técnico que le permitiera
delimitar y examinar claramente los problemas derivados. Los patriarcas
de la Iglesia y los neoplatónicos se basaron en esas inexactitudes
para convertir el concepto aristotélico de alma como acto de
la materia, en alma como sustancia de la cual la materia es accidente,
cobrando o perdiendo vida por efecto de su ocupación animista.
En el renacimiento
se intentó proveer la comunicación técnica requerida
por las disciplinas humanas, pero la solución oportunista adoptada
para distinguir la ciencia (doctrina del predicado) de la teología
(doctrina del ser divino), radicó en cosificar la mente o razón
como entidad espiritual sucedánea del alma. Hablar acerca de
la mente se convirtió en prueba de su existencia y nació
la primera psicofísica, donde el yo era la representación
paraóptica del mundo exterior y de las acciones mecánicas
del propio cuerpo (dualismo). En este contexto, las operaciones de
la mente (percepción, sensación, sentimientos, imaginación,
memoria) tomaron vida propia en términos de lo causal interno,
explicándose como expresión del cogito creado por Dios
para el hombre, oponiendo la “razón” a la materia
en la idea ingenua de Descartes.
Ryle llamó “doctrina
oficial” a la ideología dualista que impregna desde entonces
toda la cultura occidental, advirtiendo que el mito del fantasma en
la máquina confunde la representación lingüística
de la vida mental con un conjunto de categorías lógicas
que, en realidad, pertenecen a otras. Según esa representación
se entiende lo mental como un proceso no-mecánico: si las leyes
mecánicas explican movimientos en el espacio como efecto de
otros movimientos similares, entonces las “leyes mentales”
deberían explicar las operaciones no espaciales de la mente
como efecto de otras operaciones no espaciales. La contradicción
de semejante argumento es clara, como se refleja en la cita siguiente:
La diferencia entre
el comportamiento humano que caracterizamos de inteligente y el que
describimos como mecánico es de causación. Mientras
que algunos movimientos de la lengua y de los miembros humanos son
efectos de causas mecánicas, el resto debe ser efecto de causas
no mecánicas... Las operaciones mentales tuvieron que ser descritas
negando las características atribuidas a los cuerpos: no están
en el espacio, no son modificaciones de la materia, no son accesibles
a la observación pública. Las mentes no son trozos de
un mecanismo de relojería. Son, simplemente, trozos de un no-mecanismo
(Ryle, 1949/1967; pp. 21-22).
En suma, la sociedad
contemporánea se refiere convencionalmente al mundo subjetivo
con lenguajes que, en realidad, son explicaciones metafóricas
surgidas de interacciones reales generalizadas desde tiempos pasados.
El concepto de alma, por ejemplo, es una extensión lógica
del pensamiento en semejantes etapas, trasmitida a la modernidad por
el credo religioso vinculado a ciertas contingencias políticas
y sociales. Surge de su similitud con el aire: ambos incorpóreos
e invisibles, pero a la vez fuerzas motrices confundidas en el aliento
(pneuma) humano. La idea inicial viene de San Pablo, quien dividía
el alma en spiritus y pneuma. San Ireneo, a su vez, asignó
al alma facultades como el entendimiento (contemplación, análisis,
comprensión, expresión) y el libre albedrío (Gilson,
1958/1985). No es difícil ver la similitud de estas “facultades
espirituales” con las facultades cognitivas postuladas por las
corrientes mentalistas modernas.
Igualmente la idea
de la separación alma-cuerpo pudo evocarse de la sensación
de salir “fuera de sí” que dan los estados emocionales
alterados, sobre todo en los rituales religiosos (Alcaraz, 1982).
Se necesitan múltiples análisis históricos y
conceptuales que demuestren cómo surgieron inclusive las creencias
pseudocientíficas acerca de la percepción, la imaginación,
la memoria y los sueños (a este respecto véase Ribes,
1990).
Impacto científico
actual
La “doctrina oficial”
dualista requiere, para su propia conveniencia, no obstante, seguir
pensando deterministamente sobre ese mundo mental (¡qué
caos habría si no lo hiciera!). Conviven, así, una serie
de dicotomías extrañas que toman la forma de paradojas,
resueltas al fin mediante una solución de compromiso: el mundo
mental o psiquismo simplemente “obedece a causas menos rígidas”
que las leyes físicas. La gente cree en el indeterminismo,
pero envía sus hijos al colegio para que les enseñen
normas y reglas; cree en el libre albedrío, pero basa gran
parte de su intercambio comercial en la sugestión subliminal;
cree en la responsabilidad personal, pero cuando comete un error suele
atribuirlo a causas externas; cree en el destino, pero considera útil
planificar cuidadosamente su vida. Como decía Bertrand Russell
(1957/1973): “Los creyentes en la voluntad libre siempre creen
simultáneamente, en otro compartimiento mental, que las voliciones
tienen causas... En la práctica todo nuestro trato con los
demás se basa en la suposición de que las acciones del
hombre resultan de circunstancias antecedentes” (p. 114).
Y en cuanto a prácticas
convencionales incoherentes los psicólogos tradicionales —gente
que también cree— no son una excepción al respecto.
La cognición se postula teóricamente como una “variable
intermedia” o constructo indeterminado pero a la vez determinado
“hasta cierto punto” que no se especifica (Bandura, 1984/1987;
Wisenfield, 1994), es decir parcialmente aislado de la praxis. La
consecuencia de dicha perspectiva —dice Ribes (1982, pp. 30-31)—
es la reducción del sujeto a un contemplativo interpretador
de la realidad, “con un conocimiento internalizado como mundo
de representaciones, cuyas descripciones verbales se constituían
en la verificación racional de la existencia de las palabras
y conceptos como cosas. Su reificación configuró la
mente”.
La creencia en los
dos mundos se presenta, en el trabajo profesional del psicólogo,
bajo formas disfrazadas en su ejercicio teórico, ligadas, como
no, a contingencias de orden socioeconómico que, con su sistema
de mecanismos de refuerzo generalizado, pueden asimilar al profesionista.
En la misma línea, Sampson (1989), discutiendo el papel ideológico
de las representaciones cognoscitivas contemporáneas, explica
que su boom paradigmático se relaciona con dos hechos recientes
de la historia económica mundial: uno, el renacimiento liberal,
que produce un mayor interés por la subjetividad creadora (aunque
egoísta) del individuo; y dos, la globalización como
fenómeno totalizador de energías centralizadas al servicio
de grandes transnacionales, donde la informática (y por tanto
la investigación analógica y el uso de su tecnología)
es el referente comunicacional básico. Ahí puede encontrarse,
en el fondo, la influencia del sistema de producción imperante
sobre la superestructura ideológica que sustentaría
mucho de la investigación neurocientífica y cognitiva
actual, con sus modelos conexionistas del cerebro y de la mente como
procesadores de información.
La ideología
vigente de la sociedad siembra cosmovisiones de la naturaleza que
no suelen ser motivo de reflexión alguna. Sólo se aceptan
como axiomas y se juzga todo lo aditivo a la luz de su óptica
paradigmática. Así por ejemplo, en la ciencia cognitiva
moderna —como indica Belânger (1978/1999)—, la leyenda
de la mente se parece a la de la Atlántida: todos se ven obligados
a buscarla o a presuponer su existencia, desplegando sesudas y complicadísimas
“explicaciones” y neologismos que den cuenta de su misterio.
Esto se extiende inclusive a disciplinas afines, como lo muestra un
reciente y popular libro del Arqueólogo Steven Mithen (1996/1998)
que recoge enredadas ideas de Fodor y Gardner, así como de
fuentes más anecdóticas, como las de los llamados “psicólogos
de la evolución” L. Cosmides y J. Tooby, que ven la mente
como una multifuncional “navaja suiza”. (Para una refutación
de las tesis de Fodor sobre la mente modular véase el capítulo
X de Tomasini, 1994; pp. 238-243).
El impacto actual de
esta mitología se siente particularmente en el rompimiento
drástico de la filosofía constructivista con el “positivismo”,
que tendría por principales características las afirmaciones
de : a) la dependencia subjetiva de los datos respecto al marco de
referencia teórica al cual pertenecen, y subsecuentemente,
b) el reconocimiento del pluralismo de perspectivas y de otros modos
de conocimiento alternativos a la experiencia empírica dentro
—saber clínico, correlacional— y fuera —
intuición, saber vulgar— de la ciencia. En su aspecto
extremo, esto se interpreta como que no hay conocimiento posible al
margen de la representación interna de quien lo verifica (Maturana
y Varela, 1994), o como que por un lado el eclecticismo y el desorden
son los que imperan en la construcción teórica, siendo
todo aceptable (Feyerabend, 1970/1985), y por otro lado que los métodos
dedicados a la “comprensión heurística”
o “vivencial” antes que la descripción y explicación
racionales tienen, en ciencias humanas, tanto o mayor grado de validez
que los empíricos (Serrano, 1990).
LAS COMPLICACIONES
DEL LENGUAJE ORDINARIO
El lenguaje
de las metáforas
El lenguaje de las metáforas
y las metonimias sirve para una comunicación coloquial fluida.
Cuando alguien dice: “tengo un nudo en la garganta” a
nadie se le ocurriría revisar el gaznate de quien lo expresa,
ni menos intentar desatar el nudo, porque es evidente su valor denotativo
figurado. Lo mismo se puede decir de otra expresión: “mi
amigo es un pan de Dios”, donde está claro el concepto
de lo que se quiere decir. Pero hay otra clase de metáforas
menos claras que impregnan el habla ordinaria. Por ejemplo, “tengo
una idea” no está expresando lo mismo que al decir “tengo
un lapicero”, pero atiéndase en este ejemplo a la función
del predicado hecho sustancia: “la tengo” significa que
“la poseo”, “es mía”, y la “guardo”
en algún lugar, quizá para “sacarla” en
el momento conveniente. “Una” idea da a entender que no
son dos ni tres, o sea que puede delimitarse espacialmente y contarse
como si fuera un objeto físico.
En el último
caso metafórico señalado no habría ningún
problema si, como en los dos primeros, se vinculara el significado
de las palabras únicamente al contexto que define la interacción.
Sean cuales fueren las metáforas, lo cierto es que sirven al
objetivo fundamental que es la práctica de la comunicación
episódica, su función es esa y no tiene por qué
buscarse significados extraños al contexto en que se emiten
(Wittgenstein, 1953/1988). El problema surge cuando al tratarse de
la comunicación de fenómenos “mentales”
se extiende su denotación a contextos categóricos diferentes
y, lo que es peor, como descriptivos de mundos diferentes.
En este sentido, lo
que caracteriza a las expresiones mentalistas es separar las palabras
de su origen primitivo —inicialmente ligado a descripciones
conductuales reales—, para reificarlas en eventos con carácter
causal que ocurren en algún lugar de la “interioridad”
del individuo: su espíritu, su mente o su cerebro. Como advierte
Tomasini (1994): “Por más que se analicen chips o se
abran cráneos, no se encontrará allí «pensamiento»,
como no se encontrará significado en un signo, aunque se le
examine con lupa. Es un error categorial... pretender buscar el pensamiento
en alguna parte” (p. 225).
El repertorio de términos
“técnicos” de la psicología tradicional
se halla plagado de tales defectos. Dichos términos, al ser
reificados como sucesos existentes independientemente de las circunstancias
en que se utilizan, pierden significación empírica y
univocidad, por lo que frecuentemente tienen que recuperarse insertándolos
en modelos teóricos donde la circularidad de las definiciones
y su anfibología se diluyan en un océano de afirmaciones
axiomáticas. Como ejemplo de enunciados vagos y axiomáticos
a la vez, véanse la siguientes afirmaciones de un psicólogo
dinámico:
Se ha demostrado que
la mente humana es un órgano de transformación, siendo
su función hacer símbolos (imágenes, palabras)
de las cosas, combinarlos y recombinarlos incesantemente y expresarlos
en una variedad de lenguajes discursivos (referenciales) y expresivos
(emotivos). (Murray, 1938/1984, p. 106)
En la mención
citada se llama a la mente un “órgano de transformación”,
vale decir una especie de portavoz (ese es el significado más
cercano de “órgano” en el diccionario para dicha
expresión)... ¿de quién? Evidentemente, salvo
que exista sin cuerpo, del individuo que la “usa” con
la función de producir símbolos y otras operaciones
muy sofisticadas. Pero el embrollo se hace patente cuando se pregunta,
con base en esa distinción entre mente e individuo, qué
es lo que finalmente hace la función: ¿la mente o el
individuo? ¿la primera por “encargo” del segundo?
¿ambos a la vez? ¿cómo hace funcionar su mente
el individuo?, ¿mediante otro “órgano” especial
acaso? y ¿cuál sería su mecanismo si los símbolos
y operaciones sólo son propias de la función mental?
Podrían hacerse otra media docena de preguntas a cual más
complicadas sobre tan embrollado asunto.
Otra paradoja más
actual se nota en la postura de un influyente psicólogo socialcognitivo
respecto a lo que llama “determinismo recíproco”
entre el ambiente, la acción y la cognición (Bandura,
1986/1987). Franks (1991) pone en evidencia la falta de claridad de
dicha perspectiva:
¿Cómo
explica el determinismo recíproco la manera en que las acciones
humanas afectan al ambiente? Si los principios que gobiernan este
proceso no son diferentes de los que gobiernan la influencia del ambiente
sobre la conducta humana, entonces no queda claro qué añade
el determinismo recíproco a la libertad humana. Por otro lado,
si estas influencias son distintas no queda claro qué principios
adicionales gobiernan la interacción conducta-ambiente. (p.
17)
Cuando se analizan con
cuidado las disquisiciones de los psicólogos tradicionales
se descubren una serie de sinsentidos que hacen pensar en la razón
por la cual pueden tener tan grande acogida (por el momento) entre
la comunidad profesional. Una respuesta parcial es el alto contenido
emotivo y de simplicidad conceptual que tiene el lenguaje mentalista,
estímulo discriminativo que actúa evocando en las personas
estados de “comodidad” y actitudes de identificación.
Asistematicidad
teórica que complica la comunicación técnica
Algo que signa el devenir
de las interpretaciones cognitivistas es la especulación en
base a multitud de constructos lingüísticos y analógicos
con un anclaje empírico reducido, advirtiéndose una
flagrante contradicción entre lo que el psicólogo de
esa tendencia observa y manipula mediante sus operaciones, y su manejo
interpretativo-verbal de tales datos, hablando de un objeto de estudio
y de clases de eventos que nada tienen que ver con lo que observó
y manipuló (Kantor, 1963/1990). Eso se debe en parte al grado
de asistematicidad teórica que impera en tales predios.
Toda teoría
requiere criterios taxonómicos que, abstrayendo aspectos comunes
de lo vario, configuren sistemas internamente coherentes como un tejido
de variables y relaciones. En las variantes de la mitología
mental falta esa coherencia, interpretándose la información
en base a criterios aislados que afloran a la atención del
investigador en un momento dado, en vez de presentarse como resultado
del conjunto de elementos de juicio resultantes de su marco de referencia.
Así, se salta
de un nivel a otro y se pasa de un estrato de observación a
otro de teorización sin haber manipulado los eventos ni haber
hallado leyes predictivas en función a las cuales categorizar
los constructos. La escasa fiabilidad de tales procedimientos ocasiona
comunicaciones defectuosas que tienen escasa vinculación con
datos y observaciones, dificultando el entronque entre: a) las predicciones
y los acontecimientos posteriores, b) las implicaciones de cada afirmación
con las de otras, y c) las afirmaciones, generalizaciones e hipótesis
antiguas con las recientes (Montgomery, 1998).
Hay, pues, dos problemas
a los que debe darse solución especializada: 1) el escaso rigor
de la comunicación psicológica, y 2) la falta de consistencia
en la construcción teórica, que no favorece dicha comunicación.
Finalmente, también es necesario redefinir lo que se entiende
por “comportamiento cognitivo” y puntualizar las diferencias
con las asunciones tradicionales sobre aquello.
En el siguiente parágrafo
se postularán las posibles soluciones.
SOLUCIONES:
ANÁLISIS DEL LENGUAJE Y REGLAS DE CONSTRUCCIÓN TEÓRICA
El análisis
del lenguaje psicológico
En otro lugar he dicho
que en cuestiones epistémicas parece funcionar mejor saber
lo que no hay que hacer antes que lo contrario, así que es
mejor acudir al parsimonioso razonamiento de la filosofía analítica
del lenguaje para elucidarlas (Montgomery, 2002). Esta no es la excepción.
El primer gran esfuerzo
por prevenir errores y malentendidos ocasionados por el lenguaje mentalista
en la filosofía y en la psicología proviene de Rudolf
Carnap (1932/1965). Aunque caída en descrédito por su
aparente rigidez e inaplicabilidad, su posición sobre el análisis
lógico del lenguaje científico resulta, en el sentido
rigurosamente técnico, poco refutable. Dice por ejemplo que
cada palabra del lenguaje se retrotrae a otras y finalmente a las
que aparecen en las proposiciones observacionales o “protocolares”,
siendo a través de ese retrotraimiento que adquieren su significado
las palabras. Por ello propone que las condiciones para que una palabra
dentro de una proposición tenga significado son: 1) que sus
notas empíricas sean conocidas, 2) que haya sido estipulado
de qué proposiciones protocolares es derivable, 3) que sus
condiciones de verdad hayan sido establecidas, y 4) que su método
de verificación sea conocido.
Alerta al carácter
engañoso del lenguaje ordinario, Carnap muestra cómo
aparecen proposiciones sin sentido (por ejemplo “la nada existe”)
a partir de construcciones gramaticales de proposiciones con sentido
(figura 1):
Por encima del positivismo
lógico, Wittgenstein (1953/1988) arguye, sin embargo, que los
diferentes lenguajes utilizados para representar el mundo no son ni
“correctos” ni “incorrectos”, pues su significado
está en función al contexto convencional del cual emergen.
A fin de entender lo que alguien quiere decir hay que comprender en
que clase de “juego de lenguaje” participa. Las personas,
según el filósofo austriaco, usan las expresiones lingüísticas
como juegos específicos a cada situación o actividad,
con reglas flexibles o hasta indeterminadas en el habla comunal. No
tienen un propósito fuera de la comunicación misma o
del discurso personal. Son instrumentos al servicio de una forma de
vida. Hay incontables clases de juegos, todos susceptibles de varios
usos.
No obstante, el uso
incongruente de las expresiones lingüísticas en relación
con las reglas gramaticales de la comunidad (y a esta categoría
pertenecen los términos mentalistas) invalida su aceptabilidad
como referentes de comunicación. Los eventos “mentales”
no son referibles con respecto a un criterio de compartir la experiencia,
pues la experiencia personal que dicen reflejar no puede ser “privada”
desde el momento en que su adquisición es pública (convencional).
Lo referible es el comportamiento y las disposiciones para actuar,
por lo que no hay ninguna “esencia detrás del fenómeno”,
hablar de “actividades mentales” es hablar de diferentes
formas de comportarse consigo mismo y con situaciones particulares,
analizables caso por caso (como lo hacen el mismo Wittgenstein y también
Ryle (Ribes, 2001).
Ribes (1990) sistematiza
las propuestas de ambos filósofos para evitar el uso irresponsable
de la comunicación de eventos mentales en la órbita
especializada, sobre todo en el planteamiento de problemas de investigación.
De éste análisis surgen nueve clases lingüísticas
cuya distinción preveniría muchos embrollos:
1) Las categorías
de logro identifican resultados obtenidos mediante acciones, pero
no las acciones mismas. Por ejemplo el “aprender”.
2) Las categorías
modales implican descubrir posibilidades de logro, estados o capacidades.
Por ejemplo decir que alguien “puede” hacer ciertas
cosas si se lo propone, si se lo enseñaran o si lo ha aprendido.
3) Las categorías
de relación expresan sucesos conectados entre sí que
no podrían darse por separado, ni son acciones. Verbigracia:
“pensar [en algo]” siempre requiere una materia o situación
conjunta.
4) Las categorías
de circunstancias se refieren al contexto especial en que se realiza
una acción, como “mirar” y “recordar”
por ejemplo, que precisan una situación estímulo que
evoque tal conducta.
5) Las categorías
adverbiales cualifican acciones: decir “leo mientras pienso”
ejemplifica esto, pues no se emiten dos acciones distintas sino
que es una manera de referirse al comportamiento de leer.
6) Las categorías
de estado describen sensaciones y emociones, tanto como las condiciones
en que se encuentra el individuo al hacer o padecer algo, como “sentir”,
o “estar decepcionado”.
7) Las categorías
efecto identifican respuestas entre objetos y acciones ajenas al
individuo. Por ejemplo decir “toqué su mano”.
8) Las categorías
de acción denotan formas de conducta específica en
términos de relación física. “correr”
o “escribir” por ejemplo.
9) Las categorías
de tendencia aluden a posibilidades de que alguien emita ciertas
acciones o se den determinadas circunstancias, como decir “quizá
llegue mañana” o “quiero jugar”.
La recurrencia a este
tipo de examen lingüístico prevendría la creación
de problemas derivados de la caracterización mentalista en
los eventos psicológicos. Eso puede completarse con un análisis
funcional de la conducta verbal autoclítica como el que realiza
Skinner (1957/1981), en el cual indica que el individuo, gracias a
la posibilidad de emitir tactos sobre otros tactos, puede referirse
a respuestas potenciales (“quisiera”), relacionales (“pienso
que...”), discriminativas (“estoy en...”), de efecto
en presente y futuro (“hago” o “haré”),
a variables que controlan su conducta (“prefiero el ajedrez
antes que el fútbol porque...”) y al grado de probabilidad
que tienen (“¿lo lograré algún día?”).
En cualquier caso, queda claro que, en gran parte, a nivel humano
el carácter de las contingencias es mediado por los procesos
lingüísticos y simbólicos. El lenguaje, al posibilitar
mensajes acerca de objetos y sucesos que no están presentes,
e incluso que no existen, crea campos mediadores sustitutivos que
simulan un mundo real, como cuando la gente habla de pensamientos,
deseos, sentimientos, etc.; y les atribuye una existencia independiente
de las condiciones del entorno que provocan sus efectos.
Reglas de construcción
metateórica
En la comunicación
la ciencia exige orden, y para lograrlo se necesita no solo aclarar
las complicaciones del lenguaje que se utiliza, sino también
explicitar el sistema teórico a que pertenecen. Es evidente
que toda investigación o conceptualización rigurosa
parte de esa etapa de conocimiento previo cuya presentación
y exposición se halla relativamente consolidada, y que, aunque
el investigador no sea consciente de ello, influencia su elección
del tema, sus planteamientos, hipótesis, procedimientos e interpretaciones.
Ordenar el asunto supone postular una forma de urdimbre estructural
que permita seleccionar los atributos y relaciones que son pertinentes
a la inclusión de un objeto de estudio científico, así
como formular las especies, definiciones y normas elementales para
distinguir sus clases de eventos, datos y procedimientos (Ribes, 1982).
En suma, aportar una condición unitaria que hace que cualquier
elemento sea rápida y seguramente conectado con el resto de
la jerarquía tanto en forma ascendente como descendente, y
posible de comunicar en forma técnica.
Graficar campos complejos
de interacciones supone articular lo molecular (descripciones atomísticas
y cuantitativas vinculadas a propiedades observables de relación
causal o covariante entre hechos) con lo molar (explicaciones holísticas
y cualitativas que integran cantidades de datos empíricos y
teóricos). Ambos modos de configuración, que pueden
denominarse respectivamente nomopragmáticos y nomológicos,
son de naturaleza complementaria.
De acuerdo con la construcción
estándar de una teoría científica en psicología,
lo usual es secuenciar etapas de lo inferior (eventos independientes
de la observación) a lo superior (investigación, análisis,
conceptualización), y viceversa, en forma de “árbol”
donde el lenguaje de comunicación de datos (eventos individuales)
debe estar en un continuo con el lenguaje teórico (constructos
de relaciones), de manera que refleje su estricta correspondencia.
Las reglas pertinentes han sido explicitadas de un modo más
o menos similar por epistemólogos de la psicología con
orientación conductual —Feigl, Kantor, Arnau, entre otros—,
siguiendo los principios de causalidad (ciertos eventos dan lugar
a la aparición o cambio de otros), progresión jerárquica
(no se puede saltar a un nivel de desarrollo sin haber finiquitado
los anteriores) y parsimonia (se prefiere siempre la explicación
más sencilla del proceso).
En otros lugares (Montgomery,
1998; 2003, 2005), basándose en las fuentes anteriormente señaladas
se explica y esquematiza con detalle cada uno de los niveles de construcción
teórica (ver tabla 1).
Las normas aludidas
no nacen de la invención abstracta de individuos particulares,
sino del esfuerzo colectivo de los expertos por objetivar los procedimientos
de recolección e interpretación de datos. La larga experiencia
científica ha seleccionado históricamente por ensayo
y error las pautas más adecuadas, y ninguna reflexión
desvinculada del quehacer concreto debiera tener el peso para violar
su reglamentación.
Las teorías
mentalistas no siguen esas reglas, ateniéndose con toda libertad
a la especulación que crea “categorías”
sin base. En general, se salta de un nivel a otro y se pasa de un
estrato de observación a otro de teorización sin haber
manipulado los eventos ni haber hallado leyes predictivas en función
a las cuales se categorizan los constructos. La escasa fiabilidad
de esos procedimientos ocasiona comunicaciones defectuosas, pobremente
vinculadas con datos y observaciones, lo que dificulta predecir, relacionar
cada una de las afirmaciones con otras, y generalizar e hipotetizar
con base sólida.
A menudo se trata de
justificar la postulación de entidades mentalistas recurriendo
a ejemplos dados por otras ciencias, como la física y la biología,
donde se usan constructos “inobservables” para explicar
fenómenos diversos. Señala Belánger (1978/1999)
que la analogía es incorrecta, pues dichos constructos suelen
ser no más que constituyentes elementales de los fenómenos
o sus relaciones (genes, átomos, etc.), y como tales tienen
un estatus ontológico similar al de las entidades “observables”
que tratan de explicar. Eso no sucede en psicología, porque
allí el carácter de los constructos mentales se halla
en un plano ontológico radicalmente distinto al del comportamiento.
Al centro de este tema
se encuentra la elección de un objeto de estudio adecuado a
la eficiencia de una estructura de construcción paradigmática.
En psicología tal objeto no puede ser otro que la conducta,
que resume aspectos de constructo y evento a la vez. En tanto tal
es definida como interacción del individuo con su entorno físico,
biológico y social, integrando por tanto lo cognoscitivo, lo
afectivo y lo motor como propiedades de su ejercicio en acto, no como
entidades separadas de la interacción ni menos predominantes
sobre ella (Ribes, 2000). Como decía Marx en su segunda Tesis
sobre Feuerbach: “El litigio sobre la realidad o irrealidad
de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un
problema puramente escolástico”. La conducta no requiere
de una mediación “mental” para constituirse en
conocimiento, puesto que tal mediación tendría que ser
interactiva (aislada de la práctica), y epistémicamente
egocéntrica (el sujeto centrado en sí mismo y en su
acción). Está demás decir que hasta los más
connotados teóricos de las orientaciones mentalistas aceptarían
que el proceso básico de desarrollo en la historia de cualquier
ciencia es el descentramiento de la relación sujeto-objeto,
lo que llevado a su consecuencia natural significa romper con la categoría
idealista del sujeto como origen, esencia y causa, responsable en
su interioridad de la determinación del “objeto”.
El comportamiento
cognoscitivo: Puntos de discusión
¿Cómo
redefinir los eventos cognoscitivos sin recurrir a explicaciones mentalistas?
La estructuración de los repertorios cognoscitivos puede examinarse
—y de hecho los conductistas ya lo están haciendo hace
tiempo en este sentido—, como extensas constelaciones de desempeños
aprendidos en un ambiente específicamente humano (interacciones
contingenciales lingüísticas y simbólicas), aun
aceptando que en la base de muchos de ellos hay un sustrato biológico-disposicional
(factor interviniente en la contingencia también) que puede
facilitar o interferir su grado de desarrollo ontogénico. En
semejantes tareas sería útil para un analista conductual
contar con los datos aportados por investigadores dedicados exclusivamente
al estudio conexionista del procesamiento de información y
de las experiencias subjetivas —eso es lo que proponen, por
ejemplo, Staddon, Staats o Rachlin (Pérez-Acosta, Guerrero
y López, 2002)—, a fin de integrarlos a un marco conceptual
y empírico de mayor amplitud. Como señalan Mahadevan,
Malone y Bayley (2002) en su estudio conductista de la memoria excepcional:
“Radical behaviorism and cognitive psychology may be using different
terminology and to an extent, perhaps they are different ways of expressing
much the same thing” (p.12).
Pero aun desde una
posición flexible, hay puntos de fuerte discrepancia conductual
con las corrientes que favorecen explicaciones mentalistas. Entre
ellos están: 1) el papel que juega el lenguaje en la estructuración
cognoscitiva, 2) la consideración de las interacciones individuo-entorno
como determinantes, y también 3) el carácter aprendido
de la cognición.
Dichos puntos se desarrollan
en seguida:
1) La importancia del
ambiente lingüístico como contexto significativo, vale
decir, de las contingencias simbólicas convencionalmente aprendidas,
es determinante por sobre las redes lógicas “subyacentes
a los procesos cognoscitivos”, en la estructuración del
comportamiento humano complejo.
Para la visión
tradicional tanto el pensamiento como el lenguaje forman parte de
una “función simbólica” preexistente, evolucionada
de la asimilación sensoriomotriz. Hay una lógica prescindente
del apoyo lingüístico en su constitución que sería
demostrable por el desarrollo de una operatividad casi normal en los
sordomudos, mientras que en los ciegos de nacimiento hay problemas
pese a contar con el ejercicio del habla. Pero en la interpretación
constructivista de estos resultados hay una falla de origen, al desdeñar
el papel de las respuestas motoras del alfabeto de los sordos, que
poseen funciones semejantes al lenguaje. El control multimodal de
las cinestesias visomotoras tiene un valor discriminativo mucho más
sensible a las contingencias y a otras condiciones proximales que
la emisión de sonidos, por lo que no es de extrañar
la supremacía de la aptitud interactiva de los sordomudos sobre
los ciegos. Esta explicación puede extenderse también
al famoso experimento de Ranken sobre el papel de la nominación
versus la imaginación en la codificación de formas,
frecuentemente aducido para relievar lo que llaman “aspectos
no lingüísticos” del pensamiento.
En realidad, el fenómeno
lingüístico se presenta como una aptitud interactiva de
los individuos que comparten normas y convenciones dentro de ambientes
sociales-institucionales, siendo, como episodio, irreductible al uso
de palabras o expresión de contenidos mentales, pero si sustitutivo
de interacciones directas (Cortés y Delgado, 2001). Sin lenguaje
(entendido como multiestimulación social) es sencillamente
imposible la emergencia de procesos “superiores” tal como
se dan en su más alta expresión. En este sentido, las
vertientes conductistas coinciden básicamente con las elaboraciones
de Vigotsky y Luria, quienes hacen énfasis en el contexto sociohistórico
y estimulativo significativamente humano (convencional) que envuelve
todas las relaciones que un individuo contrae desde sus primeras etapas
de desarrollo (incluso se ha sugerido que a ese contexto de prácticas
culturales en compleja interrelación con los repertorios individuales
e interindividuales se le llame “metacontingencia”: Glenn,
1991), La conducta como interacción es el contenido funcional
del lenguaje, comprendido además como “ámbito
funcional” del comportamiento humano (Ribes, 1994). Si bien
sería posible “pensar sin lenguaje” en el sentido
en que, por ejemplo, un chimpancé o un perro “piensan”,
en el mundo social humano todo es simbólico y lingüístico
per se.
2) El abordaje teórico-metodológico
de los fenómenos cognoscitivos como formas de interacción,
por oposición a su estudio como entidades internas. En el análisis
de Mares (2001), la metáfora interno-externo enmascara el hecho
de que la ocurrencia de cualquier evento psicológico resulta
de una serie de evoluciones. Lo psicológico es, así,
una relación históricamente construida y por lo tanto
inubicable en dimensiones físicas tanto como no-físicas.
Lo que sí implica es la participación conjunta del sujeto
y el entorno en dicha construcción. Al ser interacciones, los
fenómenos cognoscitivos se estudian como conexiones entre desempeños
específicos y situaciones específicas. Separar su mecanismo
del hacer funcional inmediato es crear entidades internas y supranaturales
a las cuales no queda más que atribuirles “poderes”
autónomos, o bien, resignarse a objetivar sus productos a través
de otras disciplinas (reduccionismo lógico, cibernético,
lingüístico, neurobiológico, etcétera).
La opción interactiva
exige analizar conceptual y empíricamente cómo y en
qué condiciones un fenómeno “público”
(captado por un observador) se vuelve “privado” (captado
directamente por el sujeto), para no apoyarse en abstracciones trascendentales
o ajenas a las relaciones funcionales que conforman un episodio contingencial.
Dos pautas se derivan de ella: a) considerar que los principios conductuales
son los mismos que rigen a nivel “privado” y a nivel “público”,
b) esclarecer las contingencias multifactoriales en que se da el evento
en cuestión.
Por ejemplo, la inteligencia
tiene por características fundamentales el mostrar ciertas
habilidades funcionales relacionadas con el desarrollo aptitudinal
del individuo y con la complejidad del entorno con que se enfrenta.
El comportamiento inteligente no es un hacer repetitivo, sino variado.
Se configura y se moldea por contingencias diferenciales de reglaje
o prescripción comprobables mediante el estudio de la equivalencia
(surgimiento de nuevas clases de respuestas) y la transferencia (paso
del control que ejerce un conjunto de estímulos a otro), a
través de los paradigmas experimentales de intromisión
del estímulo (Sidman, 2000) e igualación de la muestra
(Tena, Hickman, Moreno, Cepeda y Larios, 2001).
3) El origen aprendido
de lo cognitivo, por oposición al origen innato. Para un conductista
el pensamiento, la memoria, la inteligencia, la percepción,
etc.; son rótulos sintéticos que se le ponen a ciertos
conjuntos de habilidades adquiridas en interacción con diversos
entornos, que se han ido enriqueciendo y refinando en el transcurso
de un cierto número de contactos organismo-ambiente. Estas
constelaciones de habilidades se configuran como disposiciones cuyo
grado de presencia modula o regula el carácter de los desempeños
interactivos del individuo en diferentes momentos o estadios aptitudinales
de su desarrollo (Corral, 1997; Vanderbeeken y Weber, 2002). Los mecanismos
básicos que envuelve ésta concepción son diversos
y comprobables mediante la experimentación: por ejemplo, en
su nivel más simple, es evidente que las respuestas sensoriales
son aprendidas a través del condicionamiento clásico,
y a su vez pueden ser condicionadas a cualquier otro estímulo.
Así, las imágenes sensoriales pueden mediar o generar
otras interacciones a manera de ED disposicionales.
Una vez aprendidas
multitud de secuencias lingüísticas (tanto ordinarias
como formales), el propio individuo puede evocarse emociones, imágenes,
reforzadores y ED en general. Mediante estas constelaciones de disposiciones
y habilidades puede condicionarse a sí mismo y rotular su propia
conducta (autoconcepto), así como sus capacidades (autoeficacia)
y concepciones de los mundos físico, biológico y social,
lo que afecta(rá) las formas en que se interrelaciona(rá)
con aquellos. En suma, los repertorios complejos previamente aprendidos
le permiten, entre otras cosas, ejercer su imaginación, pensar,
razonar, planear e inferir (Staats, 1996/1997). Todo ello dentro de
un ambiente histórico y situacional mediado por diversos campos
de contingencias de multiestimulación vicaria.
CONCLUSIÓN
En la psicología
tradicional el lenguaje acerca del objeto y el objeto mismo se confunden,
extrayendo de su contexto y otorgando existencia virtual eventos mentales
referenciados coloquialmente. Se origina así una mitología
mentalista cuya confusión ideológica (en términos
de falsa consciencia) impregna también la comunicación
científica y epistémica, extraviando los conceptos y
haciendo surgir un sinnúmero de términos pseudotécnicos
que tienen poco que ver con la realidad, lo cual afecta por igual
los planos lógico, metodológico y aplicado del quehacer
científico.
Dos razones fundamentales
para el mantenimiento de tal situación son, por un lado, la
intervención de sentimientos con los que se autoidentifican
los individuos, y por otro lado, la asistematicidad y el desorden
teórico imperante, que permite usos conceptuales y lingüísticos
transgresores de principios científicos elementales, como los
de la causalidad, progresión y parsimonia. Para superar esta
problemática se proponen soluciones complementarias: 1) el
análisis exhaustivo de los usos de la comunicación lingüística
que refiere términos mentales extraídos del habla popular
y los convierte en tecnicismos psicológicos, y 2) el seguimiento
más preciso de reglas para la construcción teórica,
con el fin de integrar contextos empíricos y conceptuales en
una continuidad secuencial.
Debe haber asimismo
especial atención a un objeto de estudio adecuado a la disciplina:
el comportamiento, concebido como interacción históricamente
construida entre el individuo y su ambiente. En consonancia con ésto,
hay que redefinir el carácter de la “cognición”
y su rol en el comporamiento desde un marco no mentalista, sino interactivo.
REFERENCIAS